Editorial

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160 coordinadores de los Centros pastorales y zonas de misión de la Obra, se reunieron en la Casa San Juan Evangelista de Tristán Suárez desde el 17 al 20 de febrero. El viernes fue un día de interioridad en donde el P. Walter Chiesa anunció el tema “Servidores del Reino”. El sábado, Mercedes Guinle, del servicio fundacional, ofreció una charla sobre la entrevista personal. El domingo, el P. Ricardo presentó el desarrollo pastoral de la Obra en este tiempo y la proyección del 2017. Asimismo, en los siguientes fines de semana, se anuncia la realización de los retiros para los coordinadores y servidores de los grupos de oración y comunidades de vida y para los catequistas y auxiliares que llevan adelante el servicio del Proceso Comunitario para la Confirmación.

NOTA.-


Después de más de medio siglo de una guerra que dejó miles de muertos y enormes daños materiales, la pacificación de Colombia plantea inquietudes históricas: ¿cómo manejar la justicia, el castigo o amnistía a los culpables de crímenes atroces, la reparación a las víctimas, la búsqueda de la verdad, el perdón y la reconciliación?


Muchas preguntas en torno a cómo hacer justicia han ocupado un lugar central en las sociedades luego de la Segunda Guerra Mundial, durante el proceso de Nüremberg a los nazis; en la pacificación de Sudáfrica luego del apartheid; a lo largo de los juicios a las juntas militares en Argentina y cada vez que se propusieron leyes de amnistía y de perdón en el mundo. En todos los casos, la pista es la misma: no parece haber una fórmula ni una respuesta única.

Y a esto se le podría sumar otra pregunta: ¿es posible aplicar a los conflictos nacionales las enseñanzas del Evangelio sobre dar la otra mejilla, perdonar a los que nos ofenden... y hacerlo setenta veces siete?

A lo largo de estos años tuve la oportunidad de conversar como periodista con mucha gente que trabajó en el proceso de paz colombiano, con las víctimas de secuestros y con aquellos que perdieron familiares en el conflicto. Y puedo asegurar que este país dejó muchas enseñanzas sobre el recorrido del camino hacia la paz.


Felices los que buscan la paz

Algo sorprendente es que las personas directamente afectadas por este medio siglo de guerra fueron las que más apostaron por la paz. Por el contrario, quienes no padecieron las consecuencias directas se mostraron mucho más exigentes.

Uno de los sucesos más crueles y a la vez más emotivos de este tiempo ocurrió en el municipio de Bojayá, a un centenar de kilómetros de la frontera con Panamá, una zona estratégica entre el Caribe y el Pacífico.

A comienzos de siglo allí luchaban las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y los grupos paramilitares. En mayo de 2002, asediados por el fuego entre ambos bandos, unos 1.500 civiles se refugiaron en la capilla local, en la casa parroquial y en la de las Misioneras Agustinas. Como la iglesia era totalmente ajena al conflicto, la gente creyó que esos serían lugares seguros.

Pero el 2 de mayo por la mañana, con la capilla repleta de refugiados, una bomba de gas y metrallas lanzadas por un mortero de las FARC rompió el techo y estalló en el altar. La explosión causó la muerte de casi cien personas, menores de edad en su mayoría, y un centenar de heridos.

El párroco Antún Ramos recuerda lo que vio: “Había gente despedazada, sin piernas ni manos, cabezas cortadas, sangre, mucha sangre. Incluso vi a algunos correr mutilados".

Al día siguiente, unas seis mil personas protagonizaron un éxodo masivo del municipio.

Pese a esta cruel experiencia, el pasado mes de octubre, mientras en todo Colombia triunfaba el “no” al acuerdo de paz con las FARC por el 51%, en el municipio de Bojayá se impuso el “sí” por el 96%. Solo un 4% se opuso. Y lo mismo sucedió en la mayoría de los municipios rurales que habían sufrido de cerca la violencia guerrillera.

El propio padre Ramos explicó su posición y su desacuerdo con el voto negativo: “No quisiera que nadie vuelva a pasar por lo que vivimos nosotros. Para conseguir la paz siempre hay que ‘tragarse una gran cantidad de sapos’. Es imposible llegar a la paz con odios, quedaría un detonante que puede estallar en cualquier momento”.


Felices los que perdonan

Las dos palabras más conflictivas en un proceso de paz son siempre perdón y reconciliación. Algunas víctimas llegan a irritarse con solo escucharlas. Se sienten insultadas en su dolor si se les sugiere avanzar por este camino.

En este sentido, los colombianos pueden diferenciar bien el perdón, que es concebido como un camino individual, de la reconciliación, que se presenta como un largo proceso social.

Una de las víctimas más conocidas de las FARC es Pablo Emilio Moncayo, que fue secuestrado por la guerrilla cuando tenía 18 años y era cabo del ejército. Lo mantuvieron cautivo en condiciones inhumanas hasta los 30. ¡Doce años secuestrado en la selva, alejado de familiares y amigos! Le robaron su juventud.

Ahora, a los 38, le cuesta superar el pasado.

“Pasa el tiempo y a menudo me olvido de que ya no ando con cadenas. Al caminar en la selva había que tener mucho cuidado para no enredar las cadenas con una rama o algo del suelo, porque eso podía generar lastimaduras que en ese ambiente tardan mucho en curarse. También había que cuidarse de marchar al mismo ritmo que los otros compañeros para no caerse”, recuerda. “Y, aún ahora, muchas veces me volteo para cuidarme de no enganchar nada con mi ‘cadena’”, contó durante una entrevista hace algunos meses.

Pablo, además, sufre de intolerancia a los alimentos que le provocan graves descomposturas. Y, sin embargo, él es de los que pudo recorrer el camino interior del perdón.

“Sigo sintiendo mucha rabia por todo lo que aún vivo, pero me di cuenta de que esos sentimientos solo me envenenan a mí mismo. Además, a partir del diálogo con los guerrilleros durante esos 12 años, pude conocer los factores sociales que los llevaron a tomar las armas. No los justifico, pero aprendí a mirarlos desde otro lado”, contó.

Pablo entiende el perdón como una opción personal que él y tantas otras víctimas decidieron tomar para no llevar una carga tan pesada, y considera la reconciliación como un proceso social complejo al que eligió dedicarle la vida. Tras su liberación creó la fundación Región Sana que trabaja con escuelas de zonas aisladas en la prevención de la violencia social.

“En estos años pude hacer un proceso interior de perdón y, sinceramente, no tengo rencor. Si me encontrara por la calle con alguno de mis carceleros, les mostraría que el mundo en el que vivimos no es tan malo como ellos lo pintaban”, concluyó.

Víctimas del conflicto
 

La guerra en Colombia dejó ocho millones de víctimas: 975.000 murieron, 163.000 desaparecieron y 6,8 millones debieron trasladarse.


Felices los que buscan la verdad

Otra cuestión que sorprende en la experiencia de Colombia es el rol de la verdad como un camino que acerca a los victimarios y a las víctimas. Pude escuchar de boca de los familiares el enorme alivio que les trae saber cómo ocurrieron los hechos, conocer la realidad, por más difícil que sea, y entender los motivos.

Durante muchos años, cuando leí sobre las comisiones de la verdad en Chile o en Sudáfrica que tenían como única misión el esclarecimiento de lo ocurrido, pensé que estas instancias eran apenas una excusa para la impunidad, para no avanzar con el juicio a los culpables.

Pero en Colombia y en otros países pude comprender que para muchos familiares de víctimas la verdad es incluso un valor superior a la justicia.

Fabiola Perdomo, de 47 años, me contó que desde que su esposo, el diputado Juan Carlos Narváez, fue asesinado en la selva por las FARC en 2007 junto a otros 11 legisladores después de cinco años de secuestro, lo que más la atormentaba era saber por qué los habían matado. ¿Qué había ocurrido? ¿Habían intentado escapar? ¿Los había matado la guerrilla o el fuego del propio ejército colombiano?

Luego de muchos años de gestiones infructuosas, por intervención del arzobispo de Cali, Darío Monsalve, en septiembre pasado Fabiola y otros ocho familiares finalmente fueron invitados a La Habana para reunirse con los líderes guerrilleros y hacer todas las preguntas que los angustiaban.

"Llegué muy estresada. Se removió todo el dolor y el sufrimiento de estos años. Tenía diarrea, vómitos. Mucha rabia y dolor", contó Fabiola. El encuentro duró cinco horas y fue un diálogo descarnado en el que los guerrilleros respondieron a cada una de las preguntas. "Ellos nos explicaron con detalle cómo fue la muerte de nuestros familiares. Y, luego, me impactó que suplicaron perdón. Vi un arrepentimiento sincero e, incluso, vergüenza por el daño que nos habían causado", dijo Fabiola.

"Después de saber la verdad sentí un alivio enorme", confesó la esposa del diputado Narváez. En una oración guiada por monseñor Monsalve, los jefes guerrilleros enlazaron luego sus manos con las de los familiares de sus víctimas. "Comenzamos a orar y fue muy duro cuando oí a los asesinos de mi esposo decir: ‘Dales, Señor, el descanso eterno y que brille para ellos la luz perpetua’". Pero, en ese momento, le dije a mi esposo: ‘Ya puedes irte a descansar en paz’".


Felices los que lloran

De todas las entrevistas con víctimas de la violencia en Colombia, la que más me impactó fue la que tuve con la excandidata presidencial Ingrid Betancourt, secuestrada por las FARC durante seis años hasta su liberación en 2008.

Betancourt vive actualmente en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, y tuvimos un diálogo telefónico desde París.

Me contó que su mayor sufrimiento durante el cautiverio fue el estar alejada de sus hijos Lorenzo, que era un adolescente de 13 años cuando la secuestraron, y Melanie, que tenía 16. En una emotiva carta que hizo llegar desde la selva en 2007, Ingrid confesaba algo que cualquier madre puede entender: “Todas las oportunidades perdidas de no ser mamá, de no estar allí para ellos, me envenenan los momentos de infinita soledad como si me pusieran un suero de cianuro en las venas”.

Pero, para ella y para miles de víctimas, la hondura del dolor y de tantas lágrimas en los años de secuestro guarda una proporción casi directa con su capacidad para disfrutar cada instante del momento presente.

“Estoy profundamente agradecida cada vez que puedo oír, ver y tocar a mis hijos. Y, después de seis años de dormir en la selva, hoy doy gracias cuando me levanto a la mañana y veo que sobre mi cabeza hay un techo".

Su sentimiento frente al proceso que vive el país es el de millones de colombianos que hoy miran hacia adelante con esperanza: “Experimento un enorme alivio al pensar que finalmente Colombia puede iniciar un tiempo de paz”.

Así Colombia se suma ahora a la larga lista de países que, como Alemania después del nazismo o Sudáfrica después del apartheid, toman la valiente decisión de poner a la paz y la reconciliación como motores de su historia.


Rubén Guillemí

REFLEXIÓN.-


Él viene a vencer al pecado y a traernos Vida Nueva


Dios es amor y ama a cada persona, a cada hombre. Sin embargo, el pecado le impide al hombre experimentar ese amor porque, por sí mismo, no tiene la posibilidad de superar esta condición y llenar su vacío de amor.

Después de la caída de nuestros padres, Adán y Eva, Dios se inclina hacia el hombre rápidamente. Dios, omnipotente y padre al mismo tiempo, realiza su proyecto de amor para la criatura y la Creación para que podamos volver a entrar en su designio inicial. De hecho, el Señor no abandona al hombre a su destino sino que prepara la solución al problema más grande de la existencia humana: el pecado.

Luego del pecado original, Dios pone una luz de esperanza sobre este hecho tenebroso y oscuro: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón”
(Gén 3,15).

De este modo se inicia la transformación que atraviesa todo el Antiguo Testamento y que tomará el nombre de “historia de la salvación”. “Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos” (Gál 4,4-5).

En Jesús, el Hijo Unigénito, Dios realiza la promesa de la salvación: “Sí, Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17).

Jesús es el cumplimiento de la promesa que Dios ha hecho a su pueblo a través de los profetas al transformarse en la última y definitiva Palabra de Dios: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo” (Heb 1,1-2).

 

 

Jesús venció a Satanás

Jesús se hizo don de Dios para la humanidad. Su nombre, en arameo, significa “Dios salva”. Y Él le ha dicho a la humanidad: “Tómame y sálvate” (Cf. San Anselmo).

¿De qué cosas ha venido a salvarnos? De Satanás, del pecado y de la muerte, que es consecuencia del pecado.

Él nos salva de Satanás, el príncipe de este mundo (Cf. Jn 16,11 y Jn 14,30), homicida (Cf. Jn 8,44b) y padre de la mentira (Cf. Jn 8,44c). Satanás no tiene poder contra Jesús, porque Él lo somete y lo vence: “Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38).

Satanás es el primero que incita al hombre a pecar; lo agita en contra del querer de Dios y después lo acusa delante de Dios mismo. Jesús es quien justifica, perdona y realza: “Y escuché una voz potente que resonó en el cielo: ‘Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías porque ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que día y noche los acusaba delante de nuestro Dios’” (Apoc 12,10). San Pedro Damián escribió que las heridas del Redentor son como las hendiduras en las que nuestra alma ha puesto la esperanza. Si somos débiles, si estamos privados de fuerzas, podemos y debemos colocar nuestra confianza en Jesús porque él ha vencido al mundo (Cf. Jn 16,33).

 

 

Salvados del pecado

Jesús viene a arrancar el pecado del mundo para dar a cada hombre la posibilidad de vivir con libertad de toda esclavitud: “Pero ustedes saben que él se manifestó para quitar el pecado, y que él no tiene pecado” (1 Jn 3,5).

El ángel le había revelado a José qué nombre ponerle al niño, manifestando así el sentido de su misión: “Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados” (Mt 1,21).

Al releer con atención las palabras del cuarto canto del siervo de Yahvé, en algunos pasajes apenas se pueden contener las lágrimas: “Hombre de los dolores, que bien conoce el patíbulo, él ha cargado con nuestros sufrimientos; cargó sobre sí con nuestras rebeliones; fue perforado por nuestros delitos, golpeado por nuestra iniquidad. El castigo de nuestra salvación ha caído sobre él, se ha abatido sobre él, pero sus llagas nos han sanado… El Señor cargó sobre Él todos nuestros pecados” (Cf. Is 53,3-7). Dios no tiene una lista de pecados que se nos mostrará a cada uno al terminar nuestra existencia terrena. El pecado que en Jesús se nos perdonó, Dios ya lo olvidó completamente. No lo veremos más, no será recordado y no seremos reprendidos.

 

 

Dios se ha hecho hombre para hacernos como Él

“Ustedes estaban muertos a causa de sus pecados y de la incircuncisión de su carne, pero Cristo los hizo revivir con él, perdonando todas nuestras faltas. Él canceló el acta de condenación que nos era contraria, con todas sus cláusulas, y la hizo desaparecer clavándola en la cruz” (Col 2,13-14).

Y esto lo hace para siempre: “Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego” (Mt 7,19). Nadie puede acusarnos frente a Él y menos condenarnos: “Por lo tanto, ya no hay condenación para aquellos que viven unidos a Cristo Jesús” (Rm 8,1).

Jesús nos salvó mediante su encarnación, muerte y resurrección: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). Jesús se humilló para venir a habitar en medio de nosotros (Cf. Heb 4,15; Fil 2,6-8) y se hizo pobre para hacernos ricos (Cf. 2 Cor 8,9).

“De hecho, el hijo de Dios se ha hecho hombre para hacernos como Dios” (San Atanasio de Alejandría). “El hijo unigénito de Dios, queriendo que también nosotros fuéramos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza humana para que, hecho hombre, hiciera dioses a los hombres” (Santo Tomás). Jesús no huyó, no murió por sí mismo sino que se entregó voluntariamente a la muerte por amor, para hacerse cargo de nuestras faltas: ha tomado sobre sí todo nuestro sufrimiento y, muriendo sobre la cruz, ha crucificado en la carne también nuestro pecado: “A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él” (2 Cor 5,21).

 

 

El hombre viejo murió

Jesús ha arrancado también las consecuencias del pecado. En la cruz de Jesús ha muerto todo aquello que no nos permitía vivir como hijos de Dios y, a través de su sangre, fuimos rescatados, lavados, purificados y justificados. Podemos así renacer como criaturas nuevas en Cristo Jesús. Las cosas viejas quedan en el pasado. El hombre viejo está muerto y ahora somos criaturas nuevas, como nos recuerda San Pablo: “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Cor 5,17).

 

 

La resurrección trae vida nueva

La obra salvífica de Jesús no terminó sobre la cruz: después de tres días, el poder de Dios lo resucitó de la muerte, dejando nuestro pecado muerto para siempre. Jesús, además, ha resucitado a una vida nueva para ofrecérnosla a todos nosotros. Jesús es la victoria de Dios: “Cuando lo que es corruptible se revista de la incorruptibilidad y lo que es mortal se revista de la inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: la muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? Porque lo que provoca la muerte es el pecado y lo que da fuerza al pecado es la ley” (1 Cor 15,54-56).

Con su resurrección, Jesús dio a la humanidad una nueva posibilidad. Si un muerto resucita, entonces para todos los demás no hay imposibles: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los afligidos encuentran consolación y esperanza. En la resurrección de Jesús es posible vivir una vida nueva. La alegría, la paz, la paciencia, la comprensión, la libertad, la justicia y la armonía son posibilidades reales en este mundo gracias a la resurrección de Cristo. En Él no existe más la muerte, en Él todo es vida.

¡Jesús está resucitado, está vivo! Esta es la verdad que el día de Pascua las mujeres y, después, los apóstoles llevaron al mundo. Jesús ha traído la salvación total para cada uno y para todos, para siempre: “Muchos de los que habían escuchado la Palabra abrazaron la fe, y así el número de creyentes, contando solo los hombres, se elevó a unos cinco mil” (Hch 4,12). Jesús no nos salva hoy. Él ya nos salvó hace dos mil años con su muerte y resurrección. Invocar el nombre de Jesús es invocar su salvación (Cf. Hch 2, 21); recibir a Jesús es recibir su salvación: “Y Jesús le dijo: ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombres es un hijo de Abraham’” (Lc 19,9). Entonces, con alegría y confianza, invoquemos su nombre para hacerle espacio en nuestro corazón. Así experimentaremos su salvación. Porque, como dice la Escritura, “quien invoque el nombre del Señor será salvado” (Cf. Hch 2,21).


N. de la R.: G. M. Pietrogrande, “Gesù è la salvezza”. Revista Rinnovamento nello Spirito Santo, marzo de 2015.


 

MEDITACIÓN.-


Jesús nos enseña a servir a los demás y a hacerlo con sencillez y amor.

 

En el Evangelio, justo antes de la Última Cena, se relata el episodio en el que Jesús les lava los pies a sus discípulos (Cf. Jn 13,1-20). Allí se nos revela que él no lo hizo como un gesto ejemplar, para transmitir una enseñanza o para reprocharles que a ninguno de ellos se les hubiera ocurrido. Por el contrario, el episodio nos muestra que Jesús lo hizo porque los amaba profundamente.


Cuando terminó de lavar a todos, vino la enseñanza, que tuvo una fuerza indiscutible: “Hagan ustedes lo mismo que hice yo”; “repitan esto”. Fue prácticamente la misma exhortación que haría luego de partir el pan y compartir el cáliz.


Aunque hoy nosotros no tengamos los pies sucios porque no andamos descalzos ni los caminos son de tierra, la posibilidad de tener este gesto de amor servicial, de ocupar el lugar de Jesús es un honor. En algunas ocasiones, esto nos costará mucho: otros, como los discípulos, verán la toalla y la palangana con agua y pasarán de largo o se harán los desentendidos. Solo el recuerdo del amor servicial de Jesús podrá darnos el valor y las fuerzas para optar de distinta forma y lanzarnos al servicio.


En esta experiencia, aquel que sirve se hace pequeño frente al otro, porque de los pequeños es el reino de Dios. Ambos abren en su corazón un camino de reconciliación, de sanación interior, de aceptación de sí mismos, de cierre de heridas pasadas y presentes, de superación de los miedos, de liberación interior de ataduras, vicios y pecados, y de descanso en el amor.


Aunque a veces desconozcamos el contenido preciso de los gestos de servicio que hacemos, es una certeza que, a través de ellos, trasmitimos siempre a Jesús y su mensaje. En este sentido, cualquier gesto será superador, porque Jesús se apropia de él y lo ve como suyo, y porque forma parte de su mandamiento nuevo, el del amor servicial que nos hermana entre nosotros y con él.


 

Vivir con disponibilidad

Cuando Jesús envió a Pedro y a Juan a preparar la sala para la cena pascual, ellos arreglaron el lugar para que nada faltara y colocaron un recipiente con agua y una toalla para los lavados de rigor. ¿Habrán pensado en que alguno de ellos tendría que lavarles los pies a los asistentes? Seguramente no.


Por eso, cuando Jesús se levantó de la mesa, tomó la toalla y se arrodilló, ellos se incomodaron y Pedro reaccionó impetuosamente. “Jamás me lavarás los pies”, dijo (Jn 13,8). No solo no pensó en hacerlo sino que tampoco quiso que Jesús lo hiciera.


Algo así nos puede pasar a nosotros: organizamos todo lo que nos toca hacer en el día siguiente pero ¿acaso pensamos en que Jesús puede presentarse y decirnos: “Lávame los pies, te necesito”? Se nos acerca un conocido o un desconocido que nos requiere con urgencia, por ejemplo, y todo lo que preparamos se derrumba. ¿Qué hacemos? ¿Esperamos a que se encargue otro? ¿Lo “despachamos” rápido, para seguir con nuestras cosas? ¿O lo atendemos porque Jesús está en él?


Jesús no improvisó en los gestos de la última cena. Él nació servidor y murió así. Su servicio al Padre salvó a los hombres, porque reparó nuestra negativa a ofrecernos por los demás y nos enseñó cómo quiere Dios que lo sirvamos: que nos consumamos por nuestros hermanos así como lo hizo su Hijo.


“El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida” (Mc 10,45); “Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22,27), proclama el Evangelio. Y así hizo Jesús hasta que subió al cielo. Ni la misma resurrección que lo convirtió en Señor pudo menguar su vocación al servicio.


 

Ciro Marchesotti

Ciudad Evita - Prov. de Buenos Aires

ENSEÑANZA APOSTÓLICA.-
 

Cuando nos toca atravesar tiempos de desolación y tristeza, hay un poder que solo proviene de Dios.
 

En medio de la angustia

La desolación espiritual nos sucede a todos. Puede ser más fuerte o más débil, pero el estado oscuro del alma, sin esperanza, desconfiado, que no tiene ganas de vivir ni posibilidad de ver el final del túnel, lleno de agitación en el corazón y también en las ideas, es una instancia que nos toca a todos por igual.

Lo que predomina en esos tiempos es la sensación de tener el alma aplastada, como le sucede a Job, quien pierde todo lo que tenía en su vida: bienes, hijos, y cae en la desolación: “¡Es mejor la muerte!”, exclama. “¿Por qué no me morí al nacer? ¿Por qué no expiré al salir del vientre materno? (…) Ahora yacería tranquilo, estaría dormido y así descansaría” (Job 3,11-13). En esos momentos, parece mejor morir que vivir así, aplastado. Debemos comprender cuándo nuestro espíritu se encuentra en este estado de tristeza extendida, de ahogo, de desesperanza, y preguntarnos por qué estamos así, revisar nuestro interior y buscar los motivos y las sensaciones que nos llevaron a ese lugar. Porque nos sucede a todos y es importante entender qué es lo que pasa en nuestro corazón en particular.
 

Buscar a Dios

Hay quienes piensan que tomar una pastilla para dormir, aislarse, o tratar de escapar e ignorar la situación ayuda a alejarse de los hechos. Esto no es así y lo único que hace es alejarnos de Dios.

Job se siente perdido y angustiado: “Porque me sucedió lo que más temía y me sobrevino algo terrible. ¡No tengo calma, ni tranquilidad, ni sosiego, solo una constante agitación!” (Job 3,25-26). Sin embargo, no maldice a Dios ni se aleja de él. En medio de su desolación, acude al Señor y se desahoga como un niño ante su padre. 

¿Qué debemos hacer cuando atravesamos un momento oscuro, a causa de una tragedia familiar, de una enfermedad o de una situación que nos deprime? Lo mismo que hizo Job: acudir a Dios.
 

Revisar y reconocer

Es esencial buscar a Dios, tal y como hizo Job, y orar llamando a su puerta con fuerza: “¡Señor, mi Dios y mi Salvador, día y noche estoy clamando ante ti: que mi plegaria llegue a tu presencia; inclina tu oído a mi clamor!” (Sal 88,2-3). ¡Cuántas veces nos sentimos sin fuerzas! Y el Señor nos enseña a orar así, con insistencia, gritando día y noche, en los momentos de oscuridad, en los que nos sentimos más aplastados: “Estoy prisionero, sin poder salir, y mis ojos se debilitan por la aflicción. Yo te invoco, Señor, todo el día, con las manos tendidas hacia ti” (Sal 88, 9b-10). Esto es orar con autenticidad. Porque si en los tiempos de dificultad somos “tibios”, decaeremos aún más.
 

Acompañar al otro

En el Libro de Job se habla también del silencio de sus amigos frente a sus sufrimientos: “Permanecieron sentados en el suelo junto a él, siete días y siete noches, sin decir una sola palabra, porque veían que su dolor era muy grande” (Job 2, 13).

Cuando nos toca acompañar a una persona que sufre, por enfermedad o por situaciones dolorosas, y que está en un período de desolación, el modo de hacerlo es desde el silencio. Pero este debe ser un silencio amoroso, de cercanía, con caricias. Porque las palabras pueden hacer mal. Lo que cuenta es permanecer cerca, hacer sentir esa proximidad y orar, porque armar discursos y hacer razonamientos puede dañar aún más. 

El compromiso de la oración de cada uno necesita del apoyo de otro, y nosotros estamos invitados a sostener al hermano. El cansancio es inevitable pero, con nuestra ayuda y compañía, la oración del otro puede continuar hasta que el Señor concluya su obra.
 

La oración nos salva

Cuando los discípulos le piden a Jesús que les enseñe a rezar, él dice: “Cuando oren, digan: ‘Padre’" (Lc 11,2). Esa palabra es el secreto de su oración y es la llave que nos da para que nosotros también entremos en un diálogo confiado con Dios. 

Al nombre de "Padre", Jesús asocia dos peticiones: “Santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino” (Lc 11,2). La oración de Jesús, y por lo tanto la oración cristiana, es, en primera instancia, la posibilidad de hacerle lugar a Dios para que manifieste su santidad en nosotros y haga avanzar su reino a partir de la posibilidad de ejercitar todo su amor en nuestra vida.

La oración, entonces, es el principal instrumento para los tiempos de desolación. Insistir a Dios no sirve para “convencerlo” sino para robustecer nuestra fe y paciencia, es decir, nuestra capacidad de luchar junto a Dios por las cosas importantes. En la oración somos dos: Dios y yo, para luchar juntos.
 

Luchar junto al Espíritu

Jesús nos recuerda que hay que pedirle con insistencia a Dios el Espíritu Santo, otra herramienta vital para atravesar el desierto de la desesperanza: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan” (Lc 11,13). ¡Tenemos que pedir que el Espíritu Santo venga a nosotros! Porque él nos ayuda a vivir conforme a las enseñanzas de Jesús, a vivir con sabiduría y amor, haciendo la voluntad de Dios. Cuando estemos más perdidos y confundidos, el Espíritu Santo nos ayudará a volver a encontrar la pista del camino del Señor.
 

Pedir con insistencia

Este es el misterio de la oración: gritar, no cansarse y, si eso sucede, pedir ayuda para mantener las manos levantadas. Esta es la oración que Jesús nos reveló y nos dio a través del Espíritu Santo. Orar no es refugiarse en un mundo ideal ni evadirse a una falsa quietud que nos hace olvidar por un rato de la tristeza. Por el contrario, orar es luchar y es abrirnos a que el Espíritu Santo obre en nosotros. Porque es él quien nos enseña a rezar y nos guía en la oración para orar como hijos.

Esta es la experiencia de los santos, hombres y mujeres que lucharon con la oración y dejaron al Espíritu Santo orar y luchar en ellos. Se lanzaron hasta el extremo, con todas sus fuerzas, y vencieron, pero no solos: el Señor triunfó a través de ellos y con ellos. 

Oremos y pidamos al Señor tres gracias: reconocer la desolación espiritual, rezar cuando nos encontremos sometidos a este estado de angustia y desesperanza, y saber acompañar a las personas que sufren momentos de tristeza y de dolor.

 

Francisco
 

N de la R: Fragmentos extraídos de sus homilías del 24 de julio, 27 de septiembre y 16 de octubre de 2016.

Cuando nos toca atravesar tiempos de desolación y tristeza, existe Una fuerza poderosa que solo proviene de Dios: la oración. Mediante ella, se robustece nuestra fe y aprendemos a ser pacientes en las pruebas, nos dice Francisco. Cuando las circunstancias de la vida nos dejan desorientados y sin rumbo, podemos descubrir que orar no es evadirse en una falsa quietud para olvidar la tristeza sino, por el contrario, es luchar junto a Dios y abrirnos a que el Espíritu Santo nos enseñe a rezar como hijos; esta es la propuesta del autor de Jesús es la Salvación.
 

Para Dios no hay imposibles y él es el único capaz de reorientar nuestras opciones. Por Dios puedo reconocer La “sacramentalidad” del hermano –tal es uno de los títulos de este número–, amarlo hasta lavarle los pies como lo hizo Jesús con sus discípulos (“Hagan ustedes lo mismo que hice yo”) y dejar de ser Esclavo del mundo. Con Dios puedo hacer del perdón una opción personal, como lo hicieron muchas víctimas de la guerrilla colombiana (Tiempos de bienaventuranzas) y en Él puedo disfrutar cada instante del momento presente en una Vida de alianza y pertenencia a Dios, y así buscar que se realice entre nosotros definitivamente su Reino.
 

Pero el primero que optó por nosotros, por nuestra salvación, fue Dios, porque “así nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él” (1Jn 4,9). Dios es fiel a sus promesas. Si entendiéramos todo lo que Dios nos ama, dedicaríamos y gastaríamos la vida en él. San Clemente I, Papa y mártir del siglo I, así lo hizo y ofreció su vida para restaurar la paz y la concordia entre los pueblos. 
 

“Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera (…). Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17). Por eso, en este tiempo reavivemos nuestra fe y creamos, de verdad, que todo está en sus manos.
 

Laura di palma

“Bajo la cruz, Jesús me confió a la humanidad mirando el rostro y el alma de Juan. Y ahora soy madre de todos ustedes. Pídanme a mí, yo pediré a Jesús.”

¿Cuáles habrán sido los sentimientos de la Virgen en la Pasión de su Hijo?, ¿cómo habrán vivido los discípulos y María el tiempo posterior a la Ascensión?, ¿qué puede contarnos Ella sobre su Asunción a los cielos? 

Es María, la Madre de Jesús y Madre nuestra, quien a través de estos pequeños relatos, nos abre la intimidad de su corazón para revelarnos su cercanía y darnos el amor que tiene por nosotros.

 

La Colección Revelaciones intenta ofrecer contenidos que colaboren a vivir más plenamente la fe. Según un decreto de Pablo VI (A.A.A. 58/16: 29-12-1966), se puede publicar sin “imprimatur” libros sobre revelaciones, visiones, profecías y milagros, mientras no se ponga en peligro la fe o moral cristiana.


Autora: Giuliana Crescio

96 páginas • 12 x 17 cm

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Libro de cantos, canciones y salmos con las notas musicales para tocarlas en la guitarra. Nueva edición ampliada y corregida con más de 500 canciones para animar misas, grupos de oración.

15 x 21,5 cm - Formato anillado • 10ª ed.

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