Editorial

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ENSEÑANZA APOSTÓLICA.-


¿Dónde encontrar plenitud, belleza, justicia y bondad infinitas?


•"CREO EN EL ESPÍRITU SANTO QUE ES SEÑOR"

La primera verdad a la que nos unimos en el Credo es que el Espíritu Santo es Kýrios (“Señor”). Esto significa que Él es verdaderamente Dios como lo son el Padre y el Hijo, objeto entonces, por nuestra parte, del mismo acto de adoración y de glorificación que dirigimos al Padre y al Hijo. El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad; es el gran don de Cristo resucitado que abre nuestra mente y nuestro corazón a la fe en Jesús como el Hijo enviado del Padre que nos guía a la amistad, a la comunión con Dios.

Él es la fuente inagotable de la vida de Dios en nosotros. Los hombres desean una vida plena y bella, justa y buena, que no sea amenazada por la muerte, sino que pueda madurar y crecer hasta su plenitud. El hombre es como un viajero que, atravesando los desiertos de la vida, tiene sed de un “agua” viva, efusiva y fresca, capaz de saciar profundamente su deseo hondo de luz, de amor, de belleza y de paz. ¡Todos sentimos este deseo! Y Jesús nos dona esta “agua viva”: el Espíritu Santo, que procede del Padre y que el Hijo reserva en nuestros corazones. Así, nos asegura: "Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia" (Jn 10,10).


•EL"AGUA VIVA"

Jesús promete a la Samaritana darle "agua viva", con sobreabundancia y para siempre (Cf. Jn 4,5-26). Él ha venido a darnos esta "agua viva" que es el Espíritu Santo para que nuestra vida sea guiada y animada por Dios. Cuando nosotros decimos que el cristiano es un hombre espiritual, entendemos precisamente que es una persona que piensa y actúa según Dios, según el Espíritu Santo. Entonces podemos preguntarnos si pensamos y actuamos según Dios o si en realidad nos dejamos guiar por otras cosas.

¿Por qué el Espíritu, esta agua, puede apagar nuestra sed definitivamente? Nosotros sabemos que el agua es esencial para la vida, porque sacia, lava, hace fecunda la tierra. "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rom 5,5). El "agua viva", el Espíritu Santo, nos purifica, nos ilumina, nos renueva, nos transforma porque nos hace partícipes de la vida de Dios que es amor. Por eso, san Pablo afirma que la vida del cristiano está animada por el Espíritu y sus frutos, que son "amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y templanza" (Gál 5,22-23).


•"UN DON PRECIOSO"

San Pablo expresa el obrar del Espíritu con estas palabras: "Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios Padre. El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con él para ser glorificados con él” (Rm 8,14-17). Este es el don precioso que el Espíritu Santo lleva a nuestros corazones: la vida misma de Dios, vida de verdaderos hijos, con una relación de confidencia, de libertad y de confianza en el amor y en la misericordia de Dios. Esto tiene como efecto también una mirada nueva hacia los otros, cercanos y lejanos, vistos siempre como hermanos y hermanas en Jesús para respetar y amar. El Espíritu Santo nos enseña a mirar con los ojos de Cristo, a vivir la vida como la ha vivido Él y a comprenderla como Él lo hizo. Es por eso que el “agua viva”, el Espíritu Santo, sacia nuestra vida, porque nos dice que somos amados por Dios como hijos, que podemos amar a Dios como sus hijos y que con su gracia podemos vivir como hijos de Dios, como Jesús.

Dejemos que el Espíritu nos guíe y nos hable al corazón. Así podremos escuchar con claridad lo que solo Él nos puede decir: que Dios es amor, siempre nos espera, y que es nuestro Padre y nos ama por completo. Escuchemos al Espíritu Santo y vayamos adelante por este camino del amor, de la misericordia y del perdón.

Francisco


1. Homilía en Santa Marta, Ciudad del Vaticano, 11/09/2014.


N. de la R.: Extracto de una charla ofrecida en octubre de 2016 en la Jornada de la Civilización Nueva que se realiza en los Centros pastorales de la Obra.

MUNDO NUEVO.-


Como cristianos estamos llamados a construir un mundo nuevo.


La misericordia es capaz de provocar una gran transformación en nuestra convivencia social. Esto comienza a partir de la experiencia de recibir el amor de Dios, de descubrir que Él nos pensó como hijos suyos y eso es lo que provoca un cambio de raíz en nosotros. Estamos invitados, entonces, a vivir y a transmitir a otros esta experiencia creacional para reparar las heridas que causa la falta de amor. Esta misión se concreta desde cada carisma de la Iglesia en el envío a evangelizar y anunciar la vida de Jesús.

En el Evangelio, el Señor nos muestra qué camino debemos seguir para desarrollar esto: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores” (Mt 5,44). Esto se refiere no solo a nuestras familias y amigos, sino también a aquellos con quienes nos cuesta más tener estas actitudes. Nos invita a darnos a nosotros mismos precisamente a los que no nos quieren, a los que nos causan daño, a los enemigos.

El camino del cristiano, evidentemente, no es fácil. Por eso el Papa nos sugiere “ir por el camino de Jesús, que es la misericordia: ‘Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso’ (Lc 6,36)”. Porque “solamente con un corazón misericordioso podremos hacer todo lo que el Señor nos aconseja, hasta el final”1, en cada ámbito de la vida donde desarrollamos nuestra historia.

• EN LA VIDA FAMILIAR

El amor tiene un lugar fundamental en la familia. Es el motor para la vida y el desarrollo familiar. A veces no lo tenemos en cuenta y lo naturalizamos: nos queremos y listo, con eso alcanza. En ciertos casos, es una carencia, una ausencia.

La misericordia repara y restaura la falta de amor en la vida familiar. Así, Dios reconstruye los vínculos familiares. Él nos comparte su propia experiencia familiar en la Trinidad y, en alianza con Él, nos ayuda a hacer una nueva experiencia familiar.

De este modo, nos invita a fundar una nueva familia no desde la experiencia y las heridas que tengamos sino desde su amor y la imagen familiar que Él revela.

Dios nos pide que no rompamos las vinculaciones familiares, sino que las hagamos flexibles, elásticas, desde la compasión, la paciencia, el perdón, el agradecimiento y la donación. Es su misericordia expresada en estos gestos lo que transforma los vínculos familiares.

Somos responsables de cuidar y hacer crecer este amor en nuestras familias. Podemos preguntarnos, por ejemplo, qué es lo que ocurre cuando hay un desencuentro en la familia: ¿cómo se resuelve? ¿Favorecemos el diálogo y el encuentro o solo hay lugar para la pelea?

Debemos pedirle a Dios con insistencia la vida de este amor, porque solo así habrá un cambio de raíz en la convivencia familiar.

• EN EL TRABAJO Y EL ESTUDIO

En la Palabra, Dios nos exhorta a dar generosamente, sin medidas y sin tener en cuenta el mal recibido: “Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante” (Lc 6,38).

Quienes trabajan o estudian pasan muchas horas conviviendo con otros, a veces más tiempo que con su familia. El desafío de vivir como verdaderos cristianos se juega en estos ámbitos. ¿Cómo trabajo? ¿Con qué dedicación me formo para ser profesional?

Tenemos una misión concreta, entonces es necesario preguntarnos para qué estudiamos y trabajamos, y por qué y para qué estamos en esos lugares.

La misericordia nos acerca a todos, incluso a aquellos que nos dañan o maltratan, ya se trate de nuestro jefe o profesor, un compañero de trabajo o estudio, un empleado, etc. Este amor es creador de puentes porque nos acerca a quien no comparte nuestros criterios ni nuestras opciones de vida, y siempre nos invita a apostar por la justicia, a decir la verdad y tratar a los otros con caridad, a ser honestos y honrados, a ofrecernos primero frente a las necesidades.

Vivir esto solos es difícil, por eso un camino posible es la conformación de fraternidades laborales-profesionales que nos sostengan y alimenten desde la formación, el compartir fraterno y la oración en común. Eso último será esencial: para poder ser instrumentos de transformación, será necesario recurrir a la fuerza de la oración. Ella hará de nosotros discípulos en el mundo del trabajo.

• FUNDAR UNA ORGANIZACIÓN SOCIAL CRISTIANA

“Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes” (Lc 6,31), dice la Palabra. Esta es la “regla de oro” de la convivencia humana, sobre la que se fundamentan relaciones sociales justas y fraternas. Jesús expande este principio a todos los hombres, exigiendo a sus discípulos no solo no hacer el mal, sino buscar el bien de los demás, incluso de los enemigos, como quisiéramos que los otros lo hicieran con nosotros.

Allí mismo, Jesús también nos dice: “Sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36).

La misericordia une, acerca en las diferencias y nos permite convivir con otros diferentes a nosotros. Ella nos arrima al desconocido como a un hermano, invitándonos a tener un corazón universal y solidario.

Podemos preguntarnos, entonces ¿qué es lo que nos propone la misericordia en este tiempo, qué gestos concretos y cotidianos nos invita a hacer?

En la búsqueda por construir una nueva organización social cristiana, el desafío es salir del ámbito conocido y preguntarle a Dios qué necesita de nosotros. La transformación empieza en nuestro interior pero se despliega hacia afuera, hacia los demás.

Por eso la invitación es a amar al prójimo, a hacer el bien a todos, a donarnos gratuitamente, a prestar sin esperar recompensa, a no reaccionar con violencia sino poner la otra mejilla. Dios hace todo eso con nosotros. Él nos ama y se ofrece por cada uno primero para que podamos hacerlo también nosotros.

Diaconía Laboral

Movimiento de la Palabra de Dios


1. Homilía en Santa Marta, Ciudad del Vaticano, 11/09/2014.


N. de la R.: Extracto de una charla ofrecida en octubre de 2016 en la Jornada de la Civilización Nueva que se realiza en los Centros pastorales de la Obra.

REFLEXIÓN.-


Hoy en día, el desánimo y la tristeza suelen ganar en los corazones. Sin embargo, existe un impulso que levanta la mirada de los hombres hacia Dios y Él los renueva.


Vestida de paciencia, deliberadamente decidida a permanecer, la esperanza siempre resiste allí donde hay un clamor, un lamento, una necesidad, una desgracia, una puerta que se cierra, una ilusión que se trunca, una vida que se escapa.

Su luz sigue ardiendo y provocando fuegos allí donde “alguien” renuncia a su tiempo, anula la cita con sus deseos y se despide de su legítima aspiración a realizarlos, pospone su trabajo, ignora su cansancio y olvida sus dolores, sus años y sus miedos para salir al encuentro del otro, para, en medio de la oscuridad, el sinsentido y la ausencia de futuro, hacer presente al Dios de la esperanza.

• UNA RESPUESTA RADICAL

Vivimos en un tiempo de crisis, de ocaso de valores, de caída de referencias y creencias, de las certezas y las estructuras que daban antes confianza y firmeza a nuestro caminar. El cambio de época nos ocasiona confusión e incertidumbre. Es natural una primera reacción de turbamiento en cuanto nos enfrentamos con transformaciones que interrogan nuestra identidad y nuestra fe hasta las raíces. Nada está claro. Algo se derrumba y algo intenta salir a la luz. Tal vez por esta razón nuestro tiempo es simultáneamente dramático y fascinante, y exige de nosotros algo más que una respuesta mediocre: una respuesta dramática y suficientemente radical para ser también fascinadora. Es decir, capaz de abrir caminos hacia el futuro.

Nuestro momento, entonces, es el de la esperanza, que debemos despertar todos los días y que va acompañada de la fe y la caridad. De ahí que sea preciso arraigarse en la fe, pero también dejar que esta fe nos dinamice y que el amor nos haga creativos. Habrá que despedir muchas formas que pertenecen al pasado y que ya no son elocuentes, ni en nuestro anuncio ni en nuestro testimonio. Habrá que preguntarse una y mil veces sobre el cómo, sin conceder ni un milímetro de terreno a la duda sobre el porqué o el para qué. De esto se encargan la fe y el amor. Escondidamente, sin glorias, pero abriendo un espacio en el que dejar brotar y cuidar a la pequeña esperanza.

• UN CAMBIO DE MIRADA

La esperanza se aferra a Dios como un ancla y se adentra en el corazón de la eternidad, estableciendo allí nuestras existencias como destino.

No podremos ser profetas, ni testigos, ni portadores de esperanza en nuestro mundo si la esperanza no está en nosotros, si no experimentamos, deseamos y vivimos esperándolo todo de Dios. Debemos ser encarnación de la esperanza en nuestro entorno cotidiano para que quienes nos rodean entiendan que “la oscuridad” y “la negrura de la vida” no son definitivas.

Dice Benedicto XVI: “Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Solo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto” (Spe Salvi, 31).

Poner la atención en el fundamento de nuestra esperanza nos descentra de nosotros mismos y de nuestros interrogantes, de modo que la preocupación de quien espera (yo) es desplazada hacia el esperado (Dios). Nuestra esperanza se resitúa en un nuevo espacio, ocupada y preocupada no tanto por sí misma sino por lo que Dios espera de nosotros. No se trata de que no sea legítimo y justo el preguntarnos qué esperamos o qué podemos esperar. Pero la pregunta radical, la pregunta capaz de despertar la esperanza es ¿qué espera Dios de mí, qué espera de nosotros?

• CON LOS OJOS DE DIOS

A la luz de la historia que Dios ha vivido con los hombres, no podemos negar que justamente es el Dios de la esperanza: el que aguarda, el que confía, el que espera incansable de su creación, de su pueblo y de cada ser humano en particular. El Dios que no desiste de su sueño y que, una y otra vez, cuando sus proyectos para el mundo fracasan, los reinventa, abriendo nuevas posibilidades de logro y de futuro para nosotros.

El fundamento último de la esperanza cristiana es que Dios tiene esperanza en nosotros. Dios tiene fe en el mundo, que es obra de su amor. Espera en el mundo, porque lo ama incondicional y gratuitamente. La encarnación es la condición de posibilidad de esta espera.

Estamos invitados, entonces, a modificar nuestra perspectiva, a cambiar la dirección de nuestra mirada, para hacerlo desde Dios, con sus ojos, para mirar la realidad, el mundo, a los hermanos, como Dios los mira. Para ver más allá de la objetividad de lo que acontece, lo que Dios nos quiere hacer ver. Esto es la fe. La luz que nos permite ver con los ojos de Dios.

La fe nos descentra y entonces, al sacarnos del bucle que nos encierra en nuestras pequeñas luchas, proyectos y dificultades, nos permite al fin descubrir el origen más profundo de la esperanza. Si la fe nos capacita para taladrar la realidad y ver lo que Dios quiere hacernos ver, la esperanza también nos descentra y nos hace comprender que no tenemos más futuro que aquel que seamos capaces de alcanzar para el otro; que en medio de una sociedad desesperanzada y de tantos hermanos desesperados, heridos, presos del sufrimiento, nuestra más honda y urgente obligación es dar esperanza, ser esperanza para otros, sostener la esperanza que naufraga en nuestro tiempo. No solamente “esperar con otros”, sino “esperar para otros”. Regalar a nuestros hermanos la experiencia de que alguien espera en ellos, confía en ellos. Aguardar algo de ellos y arriesgarnos hasta el punto de estar dispuestos a “esperar por otros”. De esta exigencia brota radicalmente el deber de no desesperar.

• ESPERAR CON OTROS

“La esperanza es esencialmente… la disponibilidad de una alma profundamente comprometida en una experiencia de comunión” (G. Marcel).

No hay esperanza más que a nivel del “nosotros”. Y del compromiso de la esperanza con la comunión, se sigue que esperar sea siempre esperar en otro o en otros; esperar con otros, es decir, una tarea solidaria que se realiza en comunidad, en fraternidad, en sociedad; esperar para otros como rasgo específico de nuestra misión cristiana y, si se nos da la gracia para ello, esperar por otros, mostrando el carácter vicario de la esperanza.

+Esperar “en otros”. Para que sea posible esperar de verdad, el hombre tiene que fiarse de la “gracia”, es decir, de lo gratuitamente dado. Tiene que estar dispuesto a estar abierto, a dejar espacio y a recibir. Para conocer y entender la esperanza, ante todo debe experimentarse, pues es tan misteriosa como la vida misma. Por incluir necesariamente la recepción de algo como don de otra persona, nos desconcierta. De ahí que una formulación tan simple y al mismo tiempo profunda como “yo espero en ti”, aparezca como una de las expresiones más auténticas de la esperanza.

+Esperar del otro. La esperanza se despierta allí donde surge la amistad, allí donde brota el amor, y en consecuencia, puede pensarse como una especie de “entre” que se crea siempre en una relación en la que alguien se abre a la posibilidad de acogerla al esperar en el otro.

La comunión se muestra así como condición de posibilidad para la esperanza, y “esperar en otro” encuentra su lugar paradigmático en la esperanza depositada en Aquel que es el Otro por excelencia y que abraza en sí “todo otro”. Si “yo espero en ti” aparecía como fórmula acabada para referirnos a la esperanza en el otro, para dar cuenta de la relación entre nuestra esperanza en Dios y en los otros, Gabriel Marcel nos brinda otra preciosa fórmula: “Yo espero en Ti para nosotros”, donde ese Tú con mayúsculas es experimentado como vínculo viviente, como garantía de la unidad que se genera en el acto de esperanza entre dicho Tú y cada uno de nosotros, pero también en toda relación con otro o con otros. Así el dinamismo de la esperanza nos hace comprender que ya no se trata solamente de esperar en otro, sino de la esperanza en un Otro que posibilita, genera y alimenta el esperar con otros.

+Esperar con otros. La esperanza es inseparable del amor solidario. Y el paradigma es Cristo que esperó con todos y por todos, consumando así también nuestra esperanza, al ponerse absolutamente al servicio de los demás. De ahí que la esperanza solo sea verdadera como co-esperanza, y que el auténtico sujeto de la esperanza sea un “nosotros”. La esperanza solo es posible radicalmente en comunidad. Y nuestra comunidad, la humana, la eclesial, lo es en tanto que quienes la constituimos compartimos una misma esperanza. No podríamos “estar alegres en la esperanza” si esta no incluyera a los otros, si lo que espero para mí no lo esperara también para aquellos a quienes amo y para toda la humanidad.

La misión de la comunidad es mantener viva esa esperanza, gestarla, sostenerla, anunciarla y testimoniarla entre todos. Esto supondrá que en algunos momentos el rol de uno será fundamentalmente “soportar”, mantener a otros en la esperanza, y, en otros momentos, “ser llevado”, ser sostenido en la esperanza. En algunas ocasiones nos corresponderá alumbrar el camino con la luz de nuestra esperanza, y, en otras, confiar nuestra oscuridad y nuestra ceguera a la guía de nuestros hermanos.

Nuestra esperanza no es para nosotros. Quien la tiene, la tiene para los desesperados, y en su servicio está llamado a ejercerla, como Cristo, dando su vida por la redención de muchos. Así se acredita la esperanza, y por ello el martirio será el lugar paradigmático de dicha acreditación, donde podemos percibir la exigencia suprema de la soberanía de Dios y responder con nuestra vida muriendo por él, reviviendo el ejemplo y el amor de Cristo, y también su esperanza.

Hay sin embargo un martirio que no siempre es cruento y que acompaña la vida de fe dinamizándola desde la esperanza. Se trata del martirio de la esperanza en la vida cotidiana.

Este martirio no es glorioso ni brillante. Se ajusta exactamente en sus medidas a las dimensiones de lo cotidiano, paso a paso, a todo lo que hay que recomenzar regularmente cada mañana, a lo que hay que asumir continuamente, rumiar, discernir, afrontar; las pequeñas muertes de cada día, cada acto de abnegación que supone el reconocer al otro y ceder de lo mío.

“De los mártires de la esperanza nunca se habla porque es en la paciencia de lo cotidiano donde derraman toda su sangre”, escribió Bernardo Oliveira, abad general de los Trapenses, luego de la muerte de los siete monjes de Notre Dame de l’Atlas.

Uno de estos hermanos asesinados también había escrito, años antes de su martirio: “Sabemos por experiencia que las cosas pequeñas suelen costar mucho, sobre todo cuando hay que repetirlas cada día. Nosotros hemos entregado nuestro corazón a Dios ‘al por mayor’, pero nos cuesta más que Él lo tome ‘al por menor’” (31-3-94).

Estamos invitados a volver al amor primero de donde todo brota y a vivir con esa fe, que es confianza absoluta en Aquel que reconocemos como el Señor de nuestra vida, y con una esperanza que consiste simplemente en existir “colgados” de Él, sostenidos por ese hilo invisible. Estamos llamados a abrirnos a la luz que Él nos da para aprender a mirar la realidad como Él la ve, con sus ojos, con su perspectiva. Nada habrá cambiado, objetivamente mirado, pero ¡qué distinto puede ser todo! ¡Qué luz tan diversa refleja el fracaso, la pérdida, la frustración cuando se nutren de vida entregada por otros, de esperanza regalada! Por este camino seremos capaces de adentrarnos en nuestra compleja historia como pequeñas luces que hagan brillar la esperanza.

Nurya Martínez-Gayol*



*Fragmentos extraídos de la conferencia “La pequeña esperanza se abre paso a través de la historia” (XXXV Semana Argentina de la Teología, provincia de Salta, Argentina, septiembre de 2016). Nurya Martínez-Gayol es doctora en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma, Italia, y profesora de Teología Dogmática en la Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, España.

NOTA EDITORIAL.-


Cuando el desánimo y la tristeza irrumpen en nuestro corazón, existe un impulso que nos hace levantar la mirada hacia Dios: es el poder de la esperanza, que siempre resiste allí donde hay un clamor.

Francisco nos enseña que el Espíritu Santo es una fuente inagotable de la vida de Dios en nosotros. Esto significa que “no podemos vivir de cualquier manera y estropear el proyecto de Dios que hay en nosotros”, como afirma el Padre Ricardo en ¡Es tiempo de necesidad!

Sin duda, estos son tiempos difíciles ante la cantidad de conflictos sociales y bélicos en el contexto mundial. Por eso necesitamos hacer urgentemente un cambio de raíz en nuestras actitudes y pensamientos para transmitir a otros, en todos los ámbitos de nuestra vida, la experiencia que tenemos del amor de Dios.

San Basilio Magno, en la meditación Cómo es el Espíritu Santo, dice que “los cuerpos limpios y transparentes se vuelven brillantes y despiden un nuevo fulgor cuando los alcanza un rayo de luz; así las almas portadoras del Espíritu e iluminadas por Él se hacen también espirituales e irradian a los demás su gracia”. De esto da testimonio la vida del Padre José María Aguirre, a quien recordamos especialmente en este número en la nota ¿Quién quiere ser misionero? En ella encontramos apenas unas pinceladas sobre este hombre de Dios que hoy intercede por nosotros en el cielo.

“Dios tiene fe en el mundo, que es obra de su amor”; estemos atentos, entonces, a sus manifestaciones. En El “rompecabezas” de Dios, sobre los cien años de la aparición de la Virgen María en Fátima, se nos invita a creer en que más allá de los hechos humanos, no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas y que ellas pueden influir en la historia de los hombres. Y esa es la manifestación más amorosa de la omnipotencia divina por el poder del Espíritu Santo que habita en nosotros.

Laura di Palma

MARÍA EN EL MUNDO.-


La intervención de María en la historia y la actualidad de sus profecías.


De los acontecimientos marianos del último tiempo atribuidos a la Virgen de Fátima, sin duda el milagroso restablecimiento de la salud de Juan Pablo II después de ser baleado* marcó un hito en la historia de la humanidad.

Ni siquiera el responsable del intento de homicidio, Alí Agca, pudo explicar cómo era posible que el Papa siguiera con vida si los tiros habían impactado en el pontífice. Juan Pablo II había sufrido el impacto de cuatro balas, dos de las cuales se alojaron en su estómago, otra hirió su brazo derecho y la última, la mano izquierda; pero ninguna afectó un órgano vital de su cuerpo. El primado de Polonia de ese momento, el Cardenal Stefan Wyszynsky, estuvo en el automóvil al lado de Juan Pablo II en el momento del disparo y dio testimonio de la gravedad de la herida; él aseguró que “este atentado fue para matarlo. En efecto, la bala atravesó su cuerpo y cayó en el coche entre él y yo”.

El doctor en Teología y mariólogo Wincenty Laszewski analiza la intervención de María en este suceso: “Aquel microsegundo, un nanosegundo se podría decir, que separaba la salida del cañón de un disparo certero de la pistola hasta atravesar el cuerpo del Papa, fue el instante en el cual una mano disparaba y otra… guiaba la bala. En eso consiste la omnipotencia divina. Para sus fines, Dios es capaz de convertir el mal en el bien, aquello que parecía ser un plan genial de Satanás, para llevar a cabo sus intenciones, resultó ser un elemento clave en el ‘rompecabezas’ de Dios. Sucedió lo que había querido el mismo cielo: lo que se había anunciado hace muchísimos años en Fátima”.

Juan Pablo II confesó que en un primer momento no había tenido en cuenta cuál había sido la fecha del atentado. Pero cuando notó que coincidía con la festividad de Fátima, pidió la documentación sobre la aparición de la Virgen y leyó en las cartas de sor Lucía el “tercer secreto”, que hasta entonces no había sido develado. El cardenal Joseph Ratzinger hizo explícita la conexión que existía entre ese secreto con el episodio que había ocurrido. En aquellas cartas, la profecía aludía a un obispo vestido de blanco que era asesinado ante una cruz: Juan Pablo II “había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse salvado con las siguientes palabras: ‘Fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte’”. Ratzinger, que en ese entonces se desempeñaba como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe, enfatizó: “Que una ‘mano materna’ haya desviado la bala mortal muestra una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y que, al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones”.


• La consagración al Corazón Inmaculado de María

El 8 de diciembre de 1983 Juan Pablo II envió una carta a los obispos del mundo, incluyendo ortodoxos, expresándoles sus intenciones de consagrar Rusia al Corazón de María y les añadió una oración especial para que ellos hicieran lo mismo en sus diócesis. Al año siguiente, el 25 de marzo de 1984, día de la Anunciación, el Pontífice consagró todos los hombres y pueblos a María Santísima en unión espiritual con los obispos del mundo. Sor Lucía, la única vidente de la aparición de Fátima que aún estaba viva, confirmó que esta consagración “ha sido hecha tal como Nuestra Señora había pedido”.

“Se puede decir que la bala que le atravesó el cuerpo en zig-zag afectó también el modo de pensar de su Santidad. Se dio cuenta de que la única forma de salvar al mundo era la consagración al Inmaculado Corazón de María. ¿Qué significa esto para nosotros, los creyentes? Quiere decir que, incluso cuando estemos entre la espada y la pared, y solo a un segundo, a unos nanosegundos de la derrota final, aún hay tiempo para que actúe la Virgen María. Para ella, un microsegundo es toda la eternidad. Igual que salvó al Papa, la Virgen también puede cambiar nuestra historia en un microsegundo” , afirmó Laszewski.

Con Francisco, ya son cuatro los pontífices que han peregrinado al Santuario de Fátima. Anteriormente lo hicieron Pablo VI, Juan Pablo II (en tres oportunidades) y Benedicto XVI, lo que sin duda destaca la presencia mariana en aquellas tierras de Cova de Iria en Portugal.

En el 2010 Benedicto XVI, durante su visita al lugar, recordó que el mensaje que la Virgen deja a los pastores hoy es, más que nunca, relevante para nosotros: “Sería un error pensar que la misión profética de Fátima haya terminado (…) La familia humana está preparada para sacrificar sobre el altar sus lazos más sagrados de los intereses mezquinos y egoístas de las naciones: raza, ideología, grupo, individuo; vino del cielo nuestra Madre bendita ofreciéndose para implantarse en el corazón de cuantos confían en el Amor de Dios que arde en el suyo”.

Y el deseo del pontífice era que para “el centenario de las apariciones [se apresurara] el triunfo pronunciado del Inmaculado Corazón de María para gloria de la Santísima Trinidad”. Esto es algo que, sorprendentemente se une a otro acontecimiento mariano del que se cumplieron recientemente 70 años. El 12 de abril de 1947 en la aparición de la Virgen en Roma al protestante Bruno Cornacchiola, ella le dijo: “Soy la que está en la Trinidad divina. Soy la Virgen de la Revelación”.1

Estos signos manifiestan que María está presente en la historia de la humanidad y como toda Madre que cuida a sus hijos, pretende por todos los medios acercarnos a Dios.


Laura di Palma (en colaboración con Lara Salinas)



* El 13 de mayo de 1981, Alí Agca baleó al pontífice en la Plaza de san Pedro.

1. Ver La Virgen de la Revelación. Un llamado a la conversión. 2ª ed., Buenos Aires, Editorial de la Palabra de Dios.


CONSAGRACIÓN DEL MUNDO*
 

Madre de los hombres y de los pueblos. Tú conoces todos sus sufrimientos y sus esperanzas, Tú sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal que sacuden al mundo, acoge nuestro grito dirigido en el Espíritu Santo directamente a tu Corazón. El poder de esta consagración dura por siempre, abarca a todos los hombres, pueblos y naciones, y supera todo el mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de sembrar en el corazón del hombre y en su historia. ¡Corazón Inmaculado! ¡Del hambre y de la guerra, líbranos! ¡De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable y de todo tipo de guerra, líbranos! ¡De los pecados contra la vida del hombre desde su primer instante, líbranos! ¡Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios, líbranos! ¡De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional, líbranos! ¡De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, líbranos! ¡Del extravío de la conciencia del bien y del mal, líbranos! Madre de la Iglesia (…) ayúdanos a vivir en la verdad de la consagración de Cristo por toda la familia humana del mundo actual.

*Fragmento de la oración realizada por Juan Pablo II para el “Acto de Consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María”, realizada el 7 de junio de 1981, solemnidad de Pentecostés.



DOS NUEVOS SANTOS 
 

El Papa, el 13 de mayo, día del centenario de la aparición de la Virgen, canonizará a los hermanos Francisco y Jacinta Marto, dos de los tres videntes de Fátima. La tercera, Lucía dos Santo, falleció en el 2005 y tiene abierta la causa de beatificación a nivel diocesano.

En el marco de la celebración por los cincuenta años de Populorum Progressio, la encíclica de Pablo VI sobre el desarrollo de los pueblos, el Centro Latinoamericano de Evangelización Social, del cual participa el Movimiento de la Palabra de Dios, el primero de abril organizó una conferencia a la que asistieron cerca de ochenta personas. Estuvieron a cargo de las exposiciones Monseñor Enrique Eguía Seguí, obispo auxiliar de Buenos Aires, el Dr. Daniel Ramada Piendibene, exembajador del Uruguay ante la Santa Sede, y la Dra. Cristina Calvo, Directora del Programa Internacional Democracia, Sociedad y Nuevas Economías del Rectorado de la UBA. La conferencia abordó dos desafíos: la paz y el desarrollo.

160 coordinadores de los Centros pastorales y zonas de misión de la Obra, se reunieron en la Casa San Juan Evangelista de Tristán Suárez desde el 17 al 20 de febrero. El viernes fue un día de interioridad en donde el P. Walter Chiesa anunció el tema “Servidores del Reino”. El sábado, Mercedes Guinle, del servicio fundacional, ofreció una charla sobre la entrevista personal. El domingo, el P. Ricardo presentó el desarrollo pastoral de la Obra en este tiempo y la proyección del 2017. Asimismo, en los siguientes fines de semana, se anuncia la realización de los retiros para los coordinadores y servidores de los grupos de oración y comunidades de vida y para los catequistas y auxiliares que llevan adelante el servicio del Proceso Comunitario para la Confirmación.

NOTA.-


Después de más de medio siglo de una guerra que dejó miles de muertos y enormes daños materiales, la pacificación de Colombia plantea inquietudes históricas: ¿cómo manejar la justicia, el castigo o amnistía a los culpables de crímenes atroces, la reparación a las víctimas, la búsqueda de la verdad, el perdón y la reconciliación?


Muchas preguntas en torno a cómo hacer justicia han ocupado un lugar central en las sociedades luego de la Segunda Guerra Mundial, durante el proceso de Nüremberg a los nazis; en la pacificación de Sudáfrica luego del apartheid; a lo largo de los juicios a las juntas militares en Argentina y cada vez que se propusieron leyes de amnistía y de perdón en el mundo. En todos los casos, la pista es la misma: no parece haber una fórmula ni una respuesta única.

Y a esto se le podría sumar otra pregunta: ¿es posible aplicar a los conflictos nacionales las enseñanzas del Evangelio sobre dar la otra mejilla, perdonar a los que nos ofenden... y hacerlo setenta veces siete?

A lo largo de estos años tuve la oportunidad de conversar como periodista con mucha gente que trabajó en el proceso de paz colombiano, con las víctimas de secuestros y con aquellos que perdieron familiares en el conflicto. Y puedo asegurar que este país dejó muchas enseñanzas sobre el recorrido del camino hacia la paz.


Felices los que buscan la paz

Algo sorprendente es que las personas directamente afectadas por este medio siglo de guerra fueron las que más apostaron por la paz. Por el contrario, quienes no padecieron las consecuencias directas se mostraron mucho más exigentes.

Uno de los sucesos más crueles y a la vez más emotivos de este tiempo ocurrió en el municipio de Bojayá, a un centenar de kilómetros de la frontera con Panamá, una zona estratégica entre el Caribe y el Pacífico.

A comienzos de siglo allí luchaban las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y los grupos paramilitares. En mayo de 2002, asediados por el fuego entre ambos bandos, unos 1.500 civiles se refugiaron en la capilla local, en la casa parroquial y en la de las Misioneras Agustinas. Como la iglesia era totalmente ajena al conflicto, la gente creyó que esos serían lugares seguros.

Pero el 2 de mayo por la mañana, con la capilla repleta de refugiados, una bomba de gas y metrallas lanzadas por un mortero de las FARC rompió el techo y estalló en el altar. La explosión causó la muerte de casi cien personas, menores de edad en su mayoría, y un centenar de heridos.

El párroco Antún Ramos recuerda lo que vio: “Había gente despedazada, sin piernas ni manos, cabezas cortadas, sangre, mucha sangre. Incluso vi a algunos correr mutilados".

Al día siguiente, unas seis mil personas protagonizaron un éxodo masivo del municipio.

Pese a esta cruel experiencia, el pasado mes de octubre, mientras en todo Colombia triunfaba el “no” al acuerdo de paz con las FARC por el 51%, en el municipio de Bojayá se impuso el “sí” por el 96%. Solo un 4% se opuso. Y lo mismo sucedió en la mayoría de los municipios rurales que habían sufrido de cerca la violencia guerrillera.

El propio padre Ramos explicó su posición y su desacuerdo con el voto negativo: “No quisiera que nadie vuelva a pasar por lo que vivimos nosotros. Para conseguir la paz siempre hay que ‘tragarse una gran cantidad de sapos’. Es imposible llegar a la paz con odios, quedaría un detonante que puede estallar en cualquier momento”.


Felices los que perdonan

Las dos palabras más conflictivas en un proceso de paz son siempre perdón y reconciliación. Algunas víctimas llegan a irritarse con solo escucharlas. Se sienten insultadas en su dolor si se les sugiere avanzar por este camino.

En este sentido, los colombianos pueden diferenciar bien el perdón, que es concebido como un camino individual, de la reconciliación, que se presenta como un largo proceso social.

Una de las víctimas más conocidas de las FARC es Pablo Emilio Moncayo, que fue secuestrado por la guerrilla cuando tenía 18 años y era cabo del ejército. Lo mantuvieron cautivo en condiciones inhumanas hasta los 30. ¡Doce años secuestrado en la selva, alejado de familiares y amigos! Le robaron su juventud.

Ahora, a los 38, le cuesta superar el pasado.

“Pasa el tiempo y a menudo me olvido de que ya no ando con cadenas. Al caminar en la selva había que tener mucho cuidado para no enredar las cadenas con una rama o algo del suelo, porque eso podía generar lastimaduras que en ese ambiente tardan mucho en curarse. También había que cuidarse de marchar al mismo ritmo que los otros compañeros para no caerse”, recuerda. “Y, aún ahora, muchas veces me volteo para cuidarme de no enganchar nada con mi ‘cadena’”, contó durante una entrevista hace algunos meses.

Pablo, además, sufre de intolerancia a los alimentos que le provocan graves descomposturas. Y, sin embargo, él es de los que pudo recorrer el camino interior del perdón.

“Sigo sintiendo mucha rabia por todo lo que aún vivo, pero me di cuenta de que esos sentimientos solo me envenenan a mí mismo. Además, a partir del diálogo con los guerrilleros durante esos 12 años, pude conocer los factores sociales que los llevaron a tomar las armas. No los justifico, pero aprendí a mirarlos desde otro lado”, contó.

Pablo entiende el perdón como una opción personal que él y tantas otras víctimas decidieron tomar para no llevar una carga tan pesada, y considera la reconciliación como un proceso social complejo al que eligió dedicarle la vida. Tras su liberación creó la fundación Región Sana que trabaja con escuelas de zonas aisladas en la prevención de la violencia social.

“En estos años pude hacer un proceso interior de perdón y, sinceramente, no tengo rencor. Si me encontrara por la calle con alguno de mis carceleros, les mostraría que el mundo en el que vivimos no es tan malo como ellos lo pintaban”, concluyó.

Víctimas del conflicto
 

La guerra en Colombia dejó ocho millones de víctimas: 975.000 murieron, 163.000 desaparecieron y 6,8 millones debieron trasladarse.


Felices los que buscan la verdad

Otra cuestión que sorprende en la experiencia de Colombia es el rol de la verdad como un camino que acerca a los victimarios y a las víctimas. Pude escuchar de boca de los familiares el enorme alivio que les trae saber cómo ocurrieron los hechos, conocer la realidad, por más difícil que sea, y entender los motivos.

Durante muchos años, cuando leí sobre las comisiones de la verdad en Chile o en Sudáfrica que tenían como única misión el esclarecimiento de lo ocurrido, pensé que estas instancias eran apenas una excusa para la impunidad, para no avanzar con el juicio a los culpables.

Pero en Colombia y en otros países pude comprender que para muchos familiares de víctimas la verdad es incluso un valor superior a la justicia.

Fabiola Perdomo, de 47 años, me contó que desde que su esposo, el diputado Juan Carlos Narváez, fue asesinado en la selva por las FARC en 2007 junto a otros 11 legisladores después de cinco años de secuestro, lo que más la atormentaba era saber por qué los habían matado. ¿Qué había ocurrido? ¿Habían intentado escapar? ¿Los había matado la guerrilla o el fuego del propio ejército colombiano?

Luego de muchos años de gestiones infructuosas, por intervención del arzobispo de Cali, Darío Monsalve, en septiembre pasado Fabiola y otros ocho familiares finalmente fueron invitados a La Habana para reunirse con los líderes guerrilleros y hacer todas las preguntas que los angustiaban.

"Llegué muy estresada. Se removió todo el dolor y el sufrimiento de estos años. Tenía diarrea, vómitos. Mucha rabia y dolor", contó Fabiola. El encuentro duró cinco horas y fue un diálogo descarnado en el que los guerrilleros respondieron a cada una de las preguntas. "Ellos nos explicaron con detalle cómo fue la muerte de nuestros familiares. Y, luego, me impactó que suplicaron perdón. Vi un arrepentimiento sincero e, incluso, vergüenza por el daño que nos habían causado", dijo Fabiola.

"Después de saber la verdad sentí un alivio enorme", confesó la esposa del diputado Narváez. En una oración guiada por monseñor Monsalve, los jefes guerrilleros enlazaron luego sus manos con las de los familiares de sus víctimas. "Comenzamos a orar y fue muy duro cuando oí a los asesinos de mi esposo decir: ‘Dales, Señor, el descanso eterno y que brille para ellos la luz perpetua’". Pero, en ese momento, le dije a mi esposo: ‘Ya puedes irte a descansar en paz’".


Felices los que lloran

De todas las entrevistas con víctimas de la violencia en Colombia, la que más me impactó fue la que tuve con la excandidata presidencial Ingrid Betancourt, secuestrada por las FARC durante seis años hasta su liberación en 2008.

Betancourt vive actualmente en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, y tuvimos un diálogo telefónico desde París.

Me contó que su mayor sufrimiento durante el cautiverio fue el estar alejada de sus hijos Lorenzo, que era un adolescente de 13 años cuando la secuestraron, y Melanie, que tenía 16. En una emotiva carta que hizo llegar desde la selva en 2007, Ingrid confesaba algo que cualquier madre puede entender: “Todas las oportunidades perdidas de no ser mamá, de no estar allí para ellos, me envenenan los momentos de infinita soledad como si me pusieran un suero de cianuro en las venas”.

Pero, para ella y para miles de víctimas, la hondura del dolor y de tantas lágrimas en los años de secuestro guarda una proporción casi directa con su capacidad para disfrutar cada instante del momento presente.

“Estoy profundamente agradecida cada vez que puedo oír, ver y tocar a mis hijos. Y, después de seis años de dormir en la selva, hoy doy gracias cuando me levanto a la mañana y veo que sobre mi cabeza hay un techo".

Su sentimiento frente al proceso que vive el país es el de millones de colombianos que hoy miran hacia adelante con esperanza: “Experimento un enorme alivio al pensar que finalmente Colombia puede iniciar un tiempo de paz”.

Así Colombia se suma ahora a la larga lista de países que, como Alemania después del nazismo o Sudáfrica después del apartheid, toman la valiente decisión de poner a la paz y la reconciliación como motores de su historia.


Rubén Guillemí

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