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La Servicialidad de María (Jn. 2,
1-12)
María está presente en la comunidad de Caná,
junto a Jesús (2, 1-2). Pero la actitud de ella no es la
de una invitada especial, sentada a la mesa en un lugar de privilegio.
María está allí, como Jesús, para
servir.
Ella es la que se da cuenta de la necesidad que ese festejo tiene,
en un momento determinado: "se acabó el vino"
(v. 3). No sólo está atenta y advierte la necesidad
sino que busca la solución.
María no es teórica ni pasiva; conociendo la necesidad
se levanta, se traslada y acude a su Hijo porque sabe que la solución
está en Él. El resultado es conocido. La fiesta
pudo seguir sin que se advirtiera lo qué pasó (salvo
los servidores) ni se aplaudiera a María. Es una servidora
humilde que busca el bien de los demás y no el reconocimiento
y agradecimiento.
Esta actitud de María no es nueva ni esporádica.
Es un rasgo de su personalidad humana y espiritual. Con ella había
servido a su prima Isabel cuando esperaba el nacimiento de Juan
Bautista (cf. Lc. 1, 39. 56). María permaneció sirviendo
tres meses a Isabel. No fue sólo una breve visita de encuentro
y pocos días.
Esta actitud de servir al prójimo como consecuencia radical
de servir a Dios es la que le permite, a María, ser Madre
del Hijo de Dios que se hace carne de su carne: "Yo soy
la servidora del Señor", por eso acepto tu invitación,
le dice al ángel de la Anunciación (cf. Lc. 1, 38).
Este servicio de María a Dios y a la humanidad, llega
a su plenitud en la cruz. Allí María está,
también, junto a su Hijo entregándolo y entregándose
con Él. Así aceptaba, una vez más, la voluntad
de Dios: "una espada te atravesará el corazón"
(Lc. 2, 35a). María es una mujer sacrificada y sirve a
Dios entregándole su vida y lo más valioso de su
vida que es Jesús. Así, con Él, ama al hombre
"hasta el extremo" (Jn. 13, 1).
El servicio de María es un servicio sacrificado y pascual.
Ella permanece ofrecida en medio de la comunidad y del Pueblo
de Dios (cf. Hech. 1, 14). Es la servidora de la Palabra de Dios.
La vida interior de María
Ser "servidora del Señor" implica tener una vida
interior honda de vinculación y alianza con el amor de Dios.
Dios es trinitariamente entrega y por eso es amor eterno.
Además de la servicialidad, la interioridad de María
se expresa en Caná, por su fe y confianza en su Hijo. Frente
a la carencia del vino, el recurso directo de María es ir
a su Hijo: "no tienen más vino" (v. 3). La respuesta
de Jesús llamándola "mujer" y asociándola
a Él muestra el nivel de fe, gracia y misterio que hay en
el diálogo: "Mujer, ¿qué tenemos
que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía"
(v. 4). María responde con la fe hecha plena en la confianza
"Hagan todo lo que él les diga" (v. 5).
María no es una mujer más, es la mujer que
vive el misterio pascual de su Hijo. Desde la cruz, Jesús
volverá a llamarla mujer y la asocia a Él revelándola
como Madre de su Pueblo (cf. Jn. 19, 25-27). Junto al nuevo Adán,
al Hombre (cf. Jn. 19, 5) que genera la Humanidad nueva, está
la nueva Eva, la mujer y madre que es María.
María aprendió de Dios, a entregarse y también
de su Hijo Jesús. Dios la hizo una ofrenda agradable a su
amor santo y redentor. Es una mujer obediente a la Palabra y a la
Voluntad de Dios; expresa un amor casto en el misterio de gracia
de ser virgen y madre; vive la pobreza de las circunstancias en
su vida histórica hecha alianza permanente con Dios y los
hombres como se ve también en Caná.
La interioridad de María se revela magnífica y carismáticamente
en su visita a Isabel. Su presencia llevando embrionalmente a Jesús,
llena de Espíritu a Isabel y al niño de su seno (cf.
Lc. 1, 40-45). Y desde ella brota un cántico de alabanza
y glorificación a Dios porque había mirado "con
bondad la pequeñez de su servidora" (Lc. 1, 48a). La
interioridad de María se identifica con la "pequeñez"
de Jesús en la última cena, lavándole los pies
a sus discípulos (cf. Jn. 13, 5).
Caná es también una expresión de María
en su oración de intercesión ante Dios. Ella
está atenta a lo que necesitan los hombres para llevarlos
ante Dios; en este caso ante su hijo como Hijo de Dios. La eficacia
y hondura del diálogo con Dios revelan a una Mujer de profunda
vida contemplativa y amantiva desde el Espíritu que la llenó
del amor trinitario de Dios.
María evangelizadora
 El
servicio fundamental de María es el de ser evangelizadora
y madre de los evangelizadores, los apóstoles y discípulos
de su Hijo de todos los tiempos.
En Caná, María lleva a los hombres a que conozcan
al Hijo de Dios que comenzaba a anunciar el Reino de Dios a Israel.
El signo del agua convertida en vino abrió los ojos de
los servidores, los novios e invitados a este rabí de Galilea.
Es más, afectó a los que comenzaban a seguir a Jesús
que, así, "manifestó su gloria y sus discípulos
creyeron en él" (v. 11b). Caná es un signo
eclesial y María está en los orígenes de
la Iglesia. Mantiene al Pueblo de Dios en torno a Jesús.
María es esclava y servidora de la Palabra de Dios desde
la Anunciación. Su misión evangelizadora fue, esencialmente,
poner a Jesús en el mundo y darlo a toda la humanidad.
Es la primera evangelizadora (cf. Lc. 1, 38. 39-45).
Y Jesús, desde la cruz, la señala como la Madre
de su Pueblo nacido de la evangelización. "He ahí
a tu madre" le dice a Juan, fruto discipular del anuncio
que Él había hecho.
El Movimiento, como carisma, es una Comunidad Pastoral de discípulos
del Señor. Tiene riqueza de dones como la fraternidad y
el discernimiento. Pero su misión primordial es el Anuncio
evangelizador que presenta a Jesús como Salvador y Señor.
Ese fue el regalo que el Espíritu le hizo fundacionalmente
en el Cursillo de Evangelización (1976) a la par que Pablo
VI publicaba su documento "Anunciando el Evangelio".
Y en la Obra, María servidora de Caná, sirve como
imagen referencial de la Consagración Particular.
Caná es profecía de la comunidad que tiene en medio
a Jesús y María; es la Iglesia como Familia de Dios
que celebra la fiesta eucarística del vino nuevo del Espíritu
y del Reino. Como María, podemos cantar las grandeza del
Señor (cf. Lc. 1, 46ss) porque Jesús es "luz
para iluminar a todos los pueblos y gloria de su pueblo Israel"
(cf. Lc. 2, 32).
P. Ricardo |