Usted está en Página inicial | Revista Cristo Vive nº 153 | Anuncio: "Servidora de Caná"  
   
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La Servicialidad de María (Jn. 2, 1-12)


María está presente en la comunidad de Caná, junto a Jesús (2, 1-2). Pero la actitud de ella no es la de una invitada especial, sentada a la mesa en un lugar de privilegio. María está allí, como Jesús, para servir.

Ella es la que se da cuenta de la necesidad que ese festejo tiene, en un momento determinado: "se acabó el vino" (v. 3). No sólo está atenta y advierte la necesidad sino que busca la solución.

María no es teórica ni pasiva; conociendo la necesidad se levanta, se traslada y acude a su Hijo porque sabe que la solución está en Él. El resultado es conocido. La fiesta pudo seguir sin que se advirtiera lo qué pasó (salvo los servidores) ni se aplaudiera a María. Es una servidora humilde que busca el bien de los demás y no el reconocimiento y agradecimiento.

Esta actitud de María no es nueva ni esporádica. Es un rasgo de su personalidad humana y espiritual. Con ella había servido a su prima Isabel cuando esperaba el nacimiento de Juan Bautista (cf. Lc. 1, 39. 56). María permaneció sirviendo tres meses a Isabel. No fue sólo una breve visita de encuentro y pocos días.

Esta actitud de servir al prójimo como consecuencia radical de servir a Dios es la que le permite, a María, ser Madre del Hijo de Dios que se hace carne de su carne: "Yo soy la servidora del Señor", por eso acepto tu invitación, le dice al ángel de la Anunciación (cf. Lc. 1, 38).

Este servicio de María a Dios y a la humanidad, llega a su plenitud en la cruz. Allí María está, también, junto a su Hijo entregándolo y entregándose con Él. Así aceptaba, una vez más, la voluntad de Dios: "una espada te atravesará el corazón" (Lc. 2, 35a). María es una mujer sacrificada y sirve a Dios entregándole su vida y lo más valioso de su vida que es Jesús. Así, con Él, ama al hombre "hasta el extremo" (Jn. 13, 1).

El servicio de María es un servicio sacrificado y pascual. Ella permanece ofrecida en medio de la comunidad y del Pueblo de Dios (cf. Hech. 1, 14). Es la servidora de la Palabra de Dios.

La vida interior de María


Ser "servidora del Señor" implica tener una vida interior honda de vinculación y alianza con el amor de Dios. Dios es trinitariamente entrega y por eso es amor eterno.
Además de la servicialidad, la interioridad de María se expresa en Caná, por su fe y confianza en su Hijo. Frente a la carencia del vino, el recurso directo de María es ir a su Hijo: "no tienen más vino" (v. 3). La respuesta de Jesús llamándola "mujer" y asociándola a Él muestra el nivel de fe, gracia y misterio que hay en el diálogo: "Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía" (v. 4). María responde con la fe hecha plena en la confianza "Hagan todo lo que él les diga" (v. 5).
María no es una mujer más, es la mujer que vive el misterio pascual de su Hijo. Desde la cruz, Jesús volverá a llamarla mujer y la asocia a Él revelándola como Madre de su Pueblo (cf. Jn. 19, 25-27). Junto al nuevo Adán, al Hombre (cf. Jn. 19, 5) que genera la Humanidad nueva, está la nueva Eva, la mujer y madre que es María.
María aprendió de Dios, a entregarse y también de su Hijo Jesús. Dios la hizo una ofrenda agradable a su amor santo y redentor. Es una mujer obediente a la Palabra y a la Voluntad de Dios; expresa un amor casto en el misterio de gracia de ser virgen y madre; vive la pobreza de las circunstancias en su vida histórica hecha alianza permanente con Dios y los hombres como se ve también en Caná.
La interioridad de María se revela magnífica y carismáticamente en su visita a Isabel. Su presencia llevando embrionalmente a Jesús, llena de Espíritu a Isabel y al niño de su seno (cf. Lc. 1, 40-45). Y desde ella brota un cántico de alabanza y glorificación a Dios porque había mirado "con bondad la pequeñez de su servidora" (Lc. 1, 48a). La interioridad de María se identifica con la "pequeñez" de Jesús en la última cena, lavándole los pies a sus discípulos (cf. Jn. 13, 5).
Caná es también una expresión de María en su oración de intercesión ante Dios. Ella está atenta a lo que necesitan los hombres para llevarlos ante Dios; en este caso ante su hijo como Hijo de Dios. La eficacia y hondura del diálogo con Dios revelan a una Mujer de profunda vida contemplativa y amantiva desde el Espíritu que la llenó del amor trinitario de Dios.

María evangelizadora


El servicio fundamental de María es el de ser evangelizadora y madre de los evangelizadores, los apóstoles y discípulos de su Hijo de todos los tiempos.

En Caná, María lleva a los hombres a que conozcan al Hijo de Dios que comenzaba a anunciar el Reino de Dios a Israel. El signo del agua convertida en vino abrió los ojos de los servidores, los novios e invitados a este rabí de Galilea. Es más, afectó a los que comenzaban a seguir a Jesús que, así, "manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él" (v. 11b). Caná es un signo eclesial y María está en los orígenes de la Iglesia. Mantiene al Pueblo de Dios en torno a Jesús.

María es esclava y servidora de la Palabra de Dios desde la Anunciación. Su misión evangelizadora fue, esencialmente, poner a Jesús en el mundo y darlo a toda la humanidad. Es la primera evangelizadora (cf. Lc. 1, 38. 39-45).

Y Jesús, desde la cruz, la señala como la Madre de su Pueblo nacido de la evangelización. "He ahí a tu madre" le dice a Juan, fruto discipular del anuncio que Él había hecho.

El Movimiento, como carisma, es una Comunidad Pastoral de discípulos del Señor. Tiene riqueza de dones como la fraternidad y el discernimiento. Pero su misión primordial es el Anuncio evangelizador que presenta a Jesús como Salvador y Señor. Ese fue el regalo que el Espíritu le hizo fundacionalmente en el Cursillo de Evangelización (1976) a la par que Pablo VI publicaba su documento "Anunciando el Evangelio". Y en la Obra, María servidora de Caná, sirve como imagen referencial de la Consagración Particular.

Caná es profecía de la comunidad que tiene en medio a Jesús y María; es la Iglesia como Familia de Dios que celebra la fiesta eucarística del vino nuevo del Espíritu y del Reino. Como María, podemos cantar las grandeza del Señor (cf. Lc. 1, 46ss) porque Jesús es "luz para iluminar a todos los pueblos y gloria de su pueblo Israel" (cf. Lc. 2, 32).

P. Ricardo



 

CRISTO VIVE ¡Aleluia!
Nº 153 | Julio - Agosto 2006


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