Usted está en Página inicial | Revista Cristo Vive nº 151 | Anuncio: "El Cordero de Dios"  
   
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"La Pascua Eucarística de Jesús" es el título de una charla dada por el P. Ricardo en la Jornada de María de 2005. En el primer punto, que se presenta en estas páginas, se refería al sentido del sacrificio de Cristo en el contexto de la historia de salvación.


          En el comienzo de la manifestación pública de Jesús. Juan bautizaba a orillas del Jordán. Viendo acercarse a Jesús, dice: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo lo he visto y doy testimonio de que es el Hijo de Dios" (Jn.1, 29. 32. 34). Juan le da a Jesús un nombre profético: es el "Cordero de Dios" que sería inmolado en la cruz por la salvación de los hombres.

          Este nombre es simbólico y se registra en la tradición de Israel. Es el símbolo de la liberación de un Pueblo del oprobio y la esclavitud que hay en el mundo.

          El pueblo naciente de Israel vivía oprimido y esclavizado en Egipto. El Dios único y creador había elegido a Moisés para darle una misión. Entonces Moisés convocó a todos los ancianos de Israel y les dijo: "Vayan a buscar un animal del ganado menor para cada familia e inmolen la víctima pascual. Luego tomen un manojo de plantas de hisopo, mójenlo en la sangre recogida en un recipiente, y marquen con la sangre el dintel y los dos postes de las puertas; y que ninguno de ustedes salga de su casa hasta la mañana siguiente. Porque el Señor pasará para castigar a Egipto; pero al ver la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará de largo por aquella puerta, y no permitirá que el Exterminador entre en sus casas para castigarlos. Cumplan estas disposiciones como un precepto permanente, para ustedes y para sus hijos. Cuando lleguen a la tierra que el Señor ha prometido darles, observen este rito. Y cuando sus hijos les pregunten que significado tiene para ustedes este rito, les responderán: 'Este es el sacrificio de la Pascua del Señor, que pasó de largo en Egipto por las casas de los israelitas, cuando castigó a los egipcios y salvó a nuestras familias'. El pueblo se postró en señal de adoración" (Ex.12, 21-27). La pascua fue, para Israel, el paso salvador y liberador de Dios.

          El símbolo de la víctima ofrecida al Dios vivo y verdadero se registra también en la tradición anterior de la humanidad. Es a través de Abraham -en quién se inicia la revelación histórica de Dios-, cuando el Creador le dice: "Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré" (Gen. 22, 2).

          Abraham, el creyente, obedece a Dios en este pedido doloroso: "Cuando llegaron al lugar que Dios les había indicado, Abraham erigió un altar, dispuso la leña, ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar encima de la leña. Luego extendió su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Pero el Ángel del Señor lo llamó desde el cielo. '¡Abraham, Abraham!'. 'Aquí estoy', respondió él. Y el Ángel le dijo: 'No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único'" (Gen. 22, 9-12). Así Dios quiso anticipar en la figura de Abraham la entrega de su propio Hijo eterno hecho hombre.

          Llegará la hora histórica en que ya no habrá símbolo sino realidad. Entonces, el Padre eterno, como gesto de amor a la humanidad, envía a su Hijo único a hacerse hombre y a ofrecerse como Cordero pascual. "Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna", dice la Palabra de Dios (Jn. 3, 16).

          Sabemos que Jesús asume esa condición de Cordero Pascual. Se identifica como ofrecido al Padre en la realidad de un martirio humano. Es patético el momento vivido por Jesús en Getsemaní, previo a su pasión: "Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya". Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. "En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo" (Lc. 22, 42-44).

          Jesús también sabía que su entrega en la cruz sería de alimento para los hombres. En una ocasión lo había anticipado: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es una verdadera comida y mi sangre, una verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 54-56).

          El ofrecimiento del Padre Dios a la Humanidad nacida de Adán y hundida en el paganismo, y la entrega de Jesús como Cordero Pascual se identifican. Hay un solo corazón y una misma intención entre Jesús y su Padre eterno. Por eso Jesús podrá decir: "Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí" (Jn 6, 57). Hay un solo e inmenso amor de Dios a nosotros, creados a su imagen y semejanza.

          Será en el altar de la cruz donde Jesús hará el gesto sacerdotal de ser Ofrenda mediadora y reparadora ante el Padre, con la entrega de su propia vida.

          Por eso podrá decir el Espíritu Santo a través de Pablo: "Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: 'Jesucristo es el Señor'" (Fil. 2, 6-11).



 

CRISTO VIVE ¡Aleluia!
Nº 151 | Marzo - Abril 2006 | Pág. 8 y 9


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