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"La Pascua Eucarística
de Jesús" es el título de una charla dada por
el P. Ricardo en la Jornada de María de 2005. En el primer
punto, que se presenta en estas páginas, se refería
al sentido del sacrificio de Cristo en el contexto de la historia
de salvación.
En el
comienzo de la manifestación pública de Jesús.
Juan bautizaba a orillas del Jordán. Viendo acercarse a Jesús,
dice: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma
y permanecer sobre él. Yo lo he visto y doy testimonio de
que es el Hijo de Dios" (Jn.1, 29. 32. 34). Juan le da a Jesús
un nombre profético: es el "Cordero de Dios"
que sería inmolado en la cruz por la salvación de
los hombres.
Este
nombre es simbólico y se registra en la tradición
de Israel. Es el símbolo de la liberación de un Pueblo
del oprobio y la esclavitud que hay en el mundo.
El
pueblo naciente de Israel vivía oprimido y esclavizado en
Egipto. El Dios único y creador había elegido a Moisés
para darle una misión. Entonces Moisés convocó
a todos los ancianos de Israel y les dijo: "Vayan a buscar
un animal del ganado menor para cada familia e inmolen la víctima
pascual. Luego tomen un manojo de plantas de hisopo, mójenlo
en la sangre recogida en un recipiente, y marquen con la sangre
el dintel y los dos postes de las puertas; y que ninguno de ustedes
salga de su casa hasta la mañana siguiente. Porque el Señor
pasará para castigar a Egipto; pero al ver la sangre en el
dintel y en los dos postes, pasará de largo por aquella puerta,
y no permitirá que el Exterminador entre en sus casas para
castigarlos. Cumplan estas disposiciones como un precepto permanente,
para ustedes y para sus hijos. Cuando lleguen a la tierra que el
Señor ha prometido darles, observen este rito. Y cuando sus
hijos les pregunten que significado tiene para ustedes este rito,
les responderán: 'Este es el sacrificio de la Pascua del
Señor, que pasó de largo en Egipto por las casas de
los israelitas, cuando castigó a los egipcios y salvó
a nuestras familias'. El pueblo se postró en señal
de adoración" (Ex.12, 21-27). La pascua fue, para Israel,
el paso salvador y liberador de Dios.
El
símbolo de la víctima ofrecida al Dios vivo y verdadero
se registra también en la tradición anterior de la
humanidad. Es a través de Abraham -en quién se inicia
la revelación histórica de Dios-, cuando el Creador
le dice: "Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a
Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto
sobre la montaña que yo te indicaré" (Gen. 22,
2).
Abraham,
el creyente, obedece a Dios en este pedido doloroso: "Cuando
llegaron al lugar que Dios les había indicado, Abraham erigió
un altar, dispuso la leña, ató a su hijo Isaac y lo
puso sobre el altar encima de la leña. Luego extendió
su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Pero el
Ángel del Señor lo llamó desde el cielo. '¡Abraham,
Abraham!'. 'Aquí estoy', respondió él. Y el
Ángel le dijo: 'No pongas tu mano sobre el muchacho ni le
hagas ningún daño. Ahora sé que temes a Dios,
porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único'"
(Gen. 22, 9-12). Así Dios quiso anticipar en la figura de
Abraham la entrega de su propio Hijo eterno hecho hombre.
Llegará
la hora histórica en que ya no habrá símbolo
sino realidad. Entonces, el Padre eterno, como gesto de amor a la
humanidad, envía a su Hijo único a hacerse hombre
y a ofrecerse como Cordero pascual. "Sí, Dios amó
tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que
todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna",
dice la Palabra de Dios (Jn. 3, 16).
Sabemos
que Jesús asume esa condición de Cordero
Pascual. Se identifica como ofrecido al Padre en la realidad de
un martirio humano. Es patético el momento vivido por Jesús
en Getsemaní, previo a su pasión: "Padre, si
quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga
mi voluntad, sino la tuya". Entonces se le apareció
un ángel del cielo que lo reconfortaba. "En medio de
la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor
era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo"
(Lc. 22, 42-44).
Jesús
también sabía que su entrega en la cruz sería
de alimento para los hombres. En una ocasión lo había
anticipado: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida
eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es una verdadera comida y mi sangre, una verdadera
bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí
y yo en él" (Jn 6, 54-56).
El
ofrecimiento del Padre Dios a la Humanidad nacida de Adán
y hundida en el paganismo, y la entrega de Jesús como Cordero
Pascual se identifican. Hay un solo corazón y una misma intención
entre Jesús y su Padre eterno. Por
eso Jesús podrá decir: "Así como yo, que
he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre,
de la misma manera, el que me come vivirá por mí"
(Jn 6, 57). Hay un solo e inmenso amor de Dios a nosotros, creados
a su imagen y semejanza.
Será
en el altar de la cruz donde Jesús hará el gesto sacerdotal
de ser Ofrenda mediadora y reparadora ante el Padre, con la entrega
de su propia vida.
Por
eso podrá decir el Espíritu Santo a través
de Pablo: "Él, que era de condición divina, no
consideró esta igualdad con Dios como algo que debía
guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí
mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose
semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano,
se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte
de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está
sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble
toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y
toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: 'Jesucristo
es el Señor'" (Fil. 2, 6-11).
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