Usted está en Página inicial | Revista Cristo Vive nº 143 | Testimonio
 
Buscar números anteriores | Ir al final

     
   
   

El Señor me regaló una comunidad
Antes y después




 

 

Dios siempre estuvo a mi lado, llamándome, invitándome a seguirlo, pero la venda que cubrió mis ojos por muchos años me impedía verlo y admirarlo en toda su grandeza y omnipotencia.
La Pascua de 1997, en Buenos Aires, fue la ocasión de la que se sirvió el Señor para quitarme esa venda y lo hizo a través del amor fraterno que encontré en la Comunidad del Movimiento de la Palabra de Dios. Entonces me di cuenta de que si quería acercarme a Él tenía mucho que hacer... y deshacer.
Conocer al Señor, o mejor, reconocerle como Padre y Creador, me lleva a preguntarme qué puedo esperar de Él y qué debo ofrecerle yo, considerando mis limitaciones. En la Palabra el Señor responde: "Si ustedes permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, todo lo que quieran, pídanlo y lo tendrán. En esto es glorificado mi Padre: que den mucho fruto, y sean mis discípulos" (Jn. 15, 7-8).
Me pregunto: ¿cómo lograrlo?... Amando al prójimo; siendo consciente de que Dios está en cada ser humano y de manera especial, en el más pobre, vulnerable, desprotegido. Porque si el dolor, la enfermedad, la pobreza y la soledad que sufren tantos hermanos no lograran despertar en mí la solidaridad y la caridad cristiana, ¿de qué conversión estaría hablando? Parecieran conceptos claros, pero difíciles de aplicarlos y practicarlos en el diario vivir.
Todo el tiempo le pido al Señor que me fortalezca, que profundice mi fe para poder transitar por el camino de la vida. Le ruego que me levante cada vez que caiga y que avive mi esperanza para nunca desfallecer. Cuando mi fe y mi amor sean tan profundos que hayan logrado desterrar todo temor y toda duda, sabré que me encuentro donde mi Padre quiere verme.
Sé que es un proceso largo y difícil, imposible de cumplir sin la gracia de Dios. Sólo me queda decirle, cada mañana, que me pongo a sus pies, con todos mis pecados, con todo lo que tengo y con todo lo que soy, para que Él haga de mí un vaso nuevo.
El Señor me regaló la Comunidad del Movimiento de la Palabra de Dios, que ha hecho realidad ese anhelo de acercarme más a Él. La primera Convivencia ha superado con creces mis expectativas porque he podido profundizar en tantas cosas que antes sólo intuía. Me ha dado las herramientas para trabajar desde mi realidad.
'La fe obra maravillas' no será una frase hueca si logramos hacerla parte de nuestra cotidianidad. La fe es una semilla que Jesús nos ha regalado a todos; morirá o florecerá, según el cuidado diario que le demos. Es el puente que nos une a nuestro Creador. ¿Cómo no creer en Dios y cómo no creer en su Palabra, si nos dio a su hijo Jesús como Salvador? Al contemplar un crucifijo, ¿cómo no pensar en todo el dolor, la humillación y la muerte que Jesús aceptó padecer para salvarme, a mí, a ti, a toda la humanidad? ¿En dónde voy a encontrar fortaleza cuando me siento flaquear, si no es en ese Jesús que me enseña con su ejemplo, con su donación y sacrificio?
No es que yo pueda responder como Él lo hizo, pero al menos me sentiré acompañada, consolada, sostenida por Jesucristo y por María Santísima.
Cuando Jesús regresa junto a su Padre, nos deja al Espíritu Santo para que nos fortalezca, nos enseñe el valor de la oración y la perseverancia. También nos enseña a orar por los demás, sobre todo por aquellos que no le dan lugar en sus vidas.
¡Cómo se amplía mi horizonte si tengo al Señor en mi corazón!. Él conoce, mejor que yo, mis limitaciones y no me pedirá más de lo que puedo dar, pero me hará ver que puedo dar más de lo que yo imaginaba en mi comodidad.
Hoy me he animado a contestar con un sí a su llamado; me abandono en su santa voluntad, con la libertad que Él mismo me regaló, con la confianza y la paz que sólo el Ser Supremo puede ofrecer, porque Él es principio y fin del universo.

Nela Villamar de Egas
Quito, Ecuador


Ir al principio

© 2002 - 2004 | Editorial de la Palabra de Dios | Todos los derechos Reservados