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Dios siempre estuvo a mi lado, llamándome,
invitándome a seguirlo, pero la venda que cubrió mis
ojos por muchos años me impedía verlo y admirarlo
en toda su grandeza y omnipotencia.
La Pascua de 1997, en Buenos Aires, fue la ocasión de la
que se sirvió el Señor para quitarme esa venda y lo
hizo a través del amor fraterno que encontré en la
Comunidad del Movimiento de la Palabra de Dios. Entonces me di cuenta
de que si quería acercarme a Él tenía mucho
que hacer... y deshacer.
Conocer al Señor, o mejor, reconocerle como Padre y Creador,
me lleva a preguntarme qué puedo esperar de Él y qué
debo ofrecerle yo, considerando mis limitaciones. En la Palabra
el Señor responde: "Si ustedes permanecen en mí,
y mis palabras permanecen en ustedes, todo lo que quieran, pídanlo
y lo tendrán. En esto es glorificado mi Padre: que den mucho
fruto, y sean mis discípulos" (Jn. 15, 7-8).
Me pregunto: ¿cómo lograrlo?... Amando al prójimo;
siendo consciente de que Dios está en cada ser humano y de
manera especial, en el más pobre, vulnerable, desprotegido.
Porque si el dolor, la enfermedad, la pobreza y la soledad que sufren
tantos hermanos no lograran despertar en mí la solidaridad
y la caridad cristiana, ¿de qué conversión
estaría hablando? Parecieran conceptos claros, pero difíciles
de aplicarlos y practicarlos en el diario vivir.
Todo el tiempo le pido al Señor que me fortalezca, que profundice
mi fe para poder transitar por el camino de la vida. Le ruego que
me levante cada vez que caiga y que avive mi esperanza para nunca
desfallecer. Cuando mi fe y mi amor sean tan profundos que hayan
logrado desterrar todo temor y toda duda, sabré que me encuentro
donde mi Padre quiere verme.
Sé que es un proceso largo y difícil, imposible de
cumplir sin la gracia de Dios. Sólo me queda decirle, cada
mañana, que me pongo a sus pies, con todos mis pecados, con
todo lo que tengo y con todo lo que soy, para que Él haga
de mí un vaso nuevo.
El Señor me regaló la Comunidad del Movimiento de
la Palabra de Dios, que ha hecho realidad ese anhelo de acercarme
más a Él. La primera Convivencia ha superado con creces
mis expectativas porque he podido profundizar en tantas cosas que
antes sólo intuía. Me ha dado las herramientas para
trabajar desde mi realidad.
'La fe obra maravillas' no será una frase hueca si logramos
hacerla parte de nuestra cotidianidad. La fe es una semilla que
Jesús nos ha regalado a todos; morirá o florecerá,
según el cuidado diario que le demos. Es el puente que nos
une a nuestro Creador. ¿Cómo no creer en Dios y cómo
no creer en su Palabra, si nos dio a su hijo Jesús como Salvador?
Al contemplar un crucifijo, ¿cómo no pensar en todo
el dolor, la humillación y la muerte que Jesús aceptó
padecer para salvarme, a mí, a ti, a toda la humanidad? ¿En
dónde voy a encontrar fortaleza cuando me siento flaquear,
si no es en ese Jesús que me enseña con su ejemplo,
con su donación y sacrificio?
No es que yo pueda responder como Él lo hizo, pero al menos
me sentiré acompañada, consolada, sostenida por Jesucristo
y por María Santísima.
Cuando Jesús regresa junto a su Padre, nos deja al Espíritu
Santo para que nos fortalezca, nos enseñe el valor de la
oración y la perseverancia. También nos enseña
a orar por los demás, sobre todo por aquellos que no le dan
lugar en sus vidas.
¡Cómo se amplía mi horizonte si tengo al Señor
en mi corazón!. Él conoce, mejor que yo, mis limitaciones
y no me pedirá más de lo que puedo dar, pero me hará
ver que puedo dar más de lo que yo imaginaba en mi comodidad.
Hoy me he animado a contestar con un sí a su llamado; me
abandono en su santa voluntad, con la libertad que Él mismo
me regaló, con la confianza y la paz que sólo el Ser
Supremo puede ofrecer, porque Él es principio y fin del universo.
Nela Villamar de Egas
Quito, Ecuador
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