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El Espíritu puso en mí alas de águila,
y me elevó a su monte santo.
Me llevó a contemplar la hermosura de su presencia
a gustar la dulzura de su amor,
en lo alto de sí y en lo profundo de mí.
Y fue allí que comprendí que es posible y verdadero
el cielo nuevo y la tierra nueva donde habitará la justicia.
El Espíritu puso en mí su alianza
y me envolvió con las palabras de Jesús;
"que todos sean uno:
como tú, Padre, estás en mí y yo en ti...
... yo en ellos y tú en mí..."
y sumergida en ese encuentro
me abandoné en la comunidad de Dios
presente en mí, adentro de mí.
El Espíritu puso en mí una oración nueva,
que brotó como un manantial de alabanza,
y descubrí el sentido de todo lo creado.
Me enseñó, entonces, que el Padre quiere
verdaderos adoradores, en espíritu y en verdad.
El Espíritu puso en mí su anhelo de santidad,
como fuego abrasador,
y es así, que sólo quiero
consumirme en su inmenso amor.
-Viviana-
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