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Ha
pasado la Pascua. Los cristianos acabamos de celebrar que Dios hecho
Hombre ha liberado la historia humana y la ha puesto en alianza
con su Padre y Creador. Jesús resucitado permanece 40 días
confirmando en la fe a sus apóstoles y discípulos.
La cuaresma penitencial de la "carne",
previa a semana santa, es reemplazada por la cuaresma del "espíritu".
Sus signos son la presencia de Jesús resucitado, la paz y
la alegría que lo acompañan. "Los discípulos
se llenaron de alegría cuando vieron al Señor"
(Jn 20,20; cf. Lc.24,41).
En este contexto de fe pascual, Jesús
se despide de sus apóstoles, les deja una misión universal
(cf. Mt. 28, 16-20) y asciende a los cielos para encontrarse con
quien lo envió (cf. Jn. 6, 18), su Padre eterno.
Podemos imaginar lo no visible de
ese encuentro pascual en el cielo (cf. Jn. 6, 46). ¿Qué
le significa a Jesús, Dios y hombre, abrazar a Dios su Padre?
¿Qué le significa al Padre eterno volver a abrazar
al hombre en su Hijo y Palabra eterna? ¿Cómo es esta
nueva situación de la intimidad trinitaria donde está
incluido el hombre en la Humanidad de Jesús?
El Espíritu
Santo, Abrazo eterno entre el Padre y su Hijo, incorpora
ahora, en su Amor, a la humanidad redimida por Jesús. Los
hombres quedamos incorporados al amor mutuo y eterno de la alianza
trinitaria. Somos llamados a vivir como imagen y semejanza de la
Comunidad Trinitaria de Dios.
En la tierra pasan los días
y los discípulos, obedeciendo la consigna de Jesús,
permanecen en Jerusalén, unidos a María. "Todos
ellos, íntimamente unidos, estaban dedicados a la oración
en compañía de algunas mujeres, de María la
madre de Jesús y de sus hermanos" (Hech. 1, 14).
"El día de Pentecostés,
estaban todos reunidos en el mismo lugar" (Hech.2,1). El Padre
elige el día en que su Abrazo celestial con Jesús
-"que estuvo muerto pero ahora vive para siempre y tiene la
llave de la muerte y del abismo" (Ap. 1, 18)- se derramará
sobre la tierra.
Pentecostés es la fiesta que
el Padre hace por el regreso de la humanidad pródiga, a la
Casa de su Amor (cf. Lc. 15, 11ss). Es fiesta de gracia en el amor
del Espíritu y regalo de carismas (cf. Hech. 2, 2ss). "Es
justo que haya fiesta y alegría porque el hombre estaba muerto
y en Jesús ha vuelto a la vida, estaba perdido y en Jesús
ha sido encontrado" (cf. Lc. 15, 32).
La comunidad de Jesús, abrazada
por el Padre, se llena del Espíritu Santo y es llamada a
una vida de alianza y comunión: "tengan un mismo amor,
un solo corazón, un mismo pensamiento" (Fil. 2, 2b).
En Jesús, el Padre nos adopta como hijos suyos y nos hace
hermanos de los demás (cf. Col. 2, 12-13).
Ahora,
vivir fuera del amor, es entristecer al Espíritu Santo (cf.
Ef. 4, 30). "Eviten la amargura, los arrebatos, la ira, los
gritos, los insultos y toda clase de maldad. Por el contrario, sean
mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los
otros como Dios los ha perdonado en Cristo" (Ef. 4, 31-32).
Pentecostés es un llamado a la santidad comunitaria.
Hay ahora una nueva realidad histórica
de Jesús sobre la tierra: Jesús es la Cabeza de un
Cuerpo que se desarrolla en el mundo porque "el Padre puso
todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó Cabeza de la
Iglesia que es su Cuerpo y la plenitud de aquel que llena completamente
todas las cosas" (Ef. 1, 22).
"Jesús es la Cabeza, y
de él, todo el Cuerpo recibe unidad y cohesión, gracias
a los ligamentos que lo vivifican y a la acción armoniosa
de todos los miembros. Así el Cuerpo crece y se edifica en
el amor" (Ef. 4, 16).
Somos Cuerpo de Jesús. Podemos decir con Pablo. "Completo
en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien
de su Cuerpo que es la Iglesia" (Col. 1, 24). No nos pertenecemos
a nosotros mismos sino como células del Cuerpo de Jesús
abrazado, en el Espíritu, por su Padre. Así nos ve
y reconoce el Señor. Y esto nos da la posibilidad de participar
del vínculo personal de Jesús con su Padre donde está
la plenitud de la divinidad (cf. Col. 2, 9).
La Cabeza está en el cielo
y el Cuerpo en la tierra. De este modo Jesús glorificado
por su Padre y por medio de su Cuerpo eclesial, continúa
con la misión de anunciar el Reino de Dios a los hombres,
pueblos y naciones.
En Pentecostés, el Padre abraza con el Espíritu, no
sólo a su Hijo sino también al Cuerpo histórico
de Cristo y lo hace "Familia de Dios" (cf. Ef. 2, 19).
"Por medio de Cristo todos sin distinción tenemos acceso
al Padre, en un mismo Espíritu" (Ef. 2, 18).
Pentecostés es el llamado a
vivir en alianza con Dios, llenos del Espíritu Santo conforme
al mandamiento de Jesús: "ámense los unos a los
otros como yo los he amado" (Jn 15, 12). Y Jesús añade
algo que es de importancia pastoral para la Iglesia de la actual
hora de paganización ambiental: "En esto todos reconocerán
que son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos
a los otros" (Jn. 13, 15).
¡Qué invitación
y desafío para el bautizado cristiano! Invitación
a ser discípulo de Jesús identificado como
tal, por el amor de la fraternidad comunitaria. La fraternidad es
un don del Espíritu recibido -como en Pentecostés-
del hecho de reunirse asiduamente a compartir la fe y orar en compañía
de María. De allí nacen las comunidades eclesiales
de base y salvación de los Hechos (cf. Hech. 2, 42-47; 4,32-37).
Este camino bíblico responde
a las inquietudes eclesiales de Juan Pablo II para este nuevo siglo
y milenio. Que la Iglesia sea una Escuela de Oración, donde
el testimonio sobrenaturalmente espontáneo del amor mutuo
sea luz de Vida para alumbrar la tristeza, intrascendencia y penumbra
del mundo y su cultura actual. "Para que el amor con que tú
me amaste, Padre Justo, -sigue diciendo hoy Jesús- esté
en ellos, y yo también esté en ellos" (Jn 17,
26b).
P. Ricardo
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