Usted está en Página inicial | Revista Cristo Vive nº 142 | Anuncio: "Pentecostés: el Abrazo del Padre con sus hijos"  
   
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     Ha pasado la Pascua. Los cristianos acabamos de celebrar que Dios hecho Hombre ha liberado la historia humana y la ha puesto en alianza con su Padre y Creador. Jesús resucitado permanece 40 días confirmando en la fe a sus apóstoles y discípulos.
     La cuaresma penitencial de la "carne", previa a semana santa, es reemplazada por la cuaresma del "espíritu". Sus signos son la presencia de Jesús resucitado, la paz y la alegría que lo acompañan. "Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor" (Jn 20,20; cf. Lc.24,41).
     En este contexto de fe pascual, Jesús se despide de sus apóstoles, les deja una misión universal (cf. Mt. 28, 16-20) y asciende a los cielos para encontrarse con quien lo envió (cf. Jn. 6, 18), su Padre eterno.
     Podemos imaginar lo no visible de ese encuentro pascual en el cielo (cf. Jn. 6, 46). ¿Qué le significa a Jesús, Dios y hombre, abrazar a Dios su Padre? ¿Qué le significa al Padre eterno volver a abrazar al hombre en su Hijo y Palabra eterna? ¿Cómo es esta nueva situación de la intimidad trinitaria donde está incluido el hombre en la Humanidad de Jesús?

     El Espíritu Santo, Abrazo eterno entre el Padre y su Hijo, incorpora ahora, en su Amor, a la humanidad redimida por Jesús. Los hombres quedamos incorporados al amor mutuo y eterno de la alianza trinitaria. Somos llamados a vivir como imagen y semejanza de la Comunidad Trinitaria de Dios.
     En la tierra pasan los días y los discípulos, obedeciendo la consigna de Jesús, permanecen en Jerusalén, unidos a María. "Todos ellos, íntimamente unidos, estaban dedicados a la oración en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús y de sus hermanos" (Hech. 1, 14).
     "El día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar" (Hech.2,1). El Padre elige el día en que su Abrazo celestial con Jesús -"que estuvo muerto pero ahora vive para siempre y tiene la llave de la muerte y del abismo" (Ap. 1, 18)- se derramará sobre la tierra.
     Pentecostés es la fiesta que el Padre hace por el regreso de la humanidad pródiga, a la Casa de su Amor (cf. Lc. 15, 11ss). Es fiesta de gracia en el amor del Espíritu y regalo de carismas (cf. Hech. 2, 2ss). "Es justo que haya fiesta y alegría porque el hombre estaba muerto y en Jesús ha vuelto a la vida, estaba perdido y en Jesús ha sido encontrado" (cf. Lc. 15, 32).
     La comunidad de Jesús, abrazada por el Padre, se llena del Espíritu Santo y es llamada a una vida de alianza y comunión: "tengan un mismo amor, un solo corazón, un mismo pensamiento" (Fil. 2, 2b). En Jesús, el Padre nos adopta como hijos suyos y nos hace hermanos de los demás (cf. Col. 2, 12-13).

Padre Ricardo Mártensen     Ahora, vivir fuera del amor, es entristecer al Espíritu Santo (cf. Ef. 4, 30). "Eviten la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo" (Ef. 4, 31-32). Pentecostés es un llamado a la santidad comunitaria.
     Hay ahora una nueva realidad histórica de Jesús sobre la tierra: Jesús es la Cabeza de un Cuerpo que se desarrolla en el mundo porque "el Padre puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó Cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo y la plenitud de aquel que llena completamente todas las cosas" (Ef. 1, 22).
     "Jesús es la Cabeza, y de él, todo el Cuerpo recibe unidad y cohesión, gracias a los ligamentos que lo vivifican y a la acción armoniosa de todos los miembros. Así el Cuerpo crece y se edifica en el amor" (Ef. 4, 16).
Somos Cuerpo de Jesús. Podemos decir con Pablo. "Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo que es la Iglesia" (Col. 1, 24). No nos pertenecemos a nosotros mismos sino como células del Cuerpo de Jesús abrazado, en el Espíritu, por su Padre. Así nos ve y reconoce el Señor. Y esto nos da la posibilidad de participar del vínculo personal de Jesús con su Padre donde está la plenitud de la divinidad (cf. Col. 2, 9).
     La Cabeza está en el cielo y el Cuerpo en la tierra. De este modo Jesús glorificado por su Padre y por medio de su Cuerpo eclesial, continúa con la misión de anunciar el Reino de Dios a los hombres, pueblos y naciones.
En Pentecostés, el Padre abraza con el Espíritu, no sólo a su Hijo sino también al Cuerpo histórico de Cristo y lo hace "Familia de Dios" (cf. Ef. 2, 19). "Por medio de Cristo todos sin distinción tenemos acceso al Padre, en un mismo Espíritu" (Ef. 2, 18).
     Pentecostés es el llamado a vivir en alianza con Dios, llenos del Espíritu Santo conforme al mandamiento de Jesús: "ámense los unos a los otros como yo los he amado" (Jn 15, 12). Y Jesús añade algo que es de importancia pastoral para la Iglesia de la actual hora de paganización ambiental: "En esto todos reconocerán que son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros" (Jn. 13, 15).
     ¡Qué invitación y desafío para el bautizado cristiano! Invitación a ser discípulo de Jesús identificado como tal, por el amor de la fraternidad comunitaria. La fraternidad es un don del Espíritu recibido -como en Pentecostés- del hecho de reunirse asiduamente a compartir la fe y orar en compañía de María. De allí nacen las comunidades eclesiales de base y salvación de los Hechos (cf. Hech. 2, 42-47; 4,32-37).
     Este camino bíblico responde a las inquietudes eclesiales de Juan Pablo II para este nuevo siglo y milenio. Que la Iglesia sea una Escuela de Oración, donde el testimonio sobrenaturalmente espontáneo del amor mutuo sea luz de Vida para alumbrar la tristeza, intrascendencia y penumbra del mundo y su cultura actual. "Para que el amor con que tú me amaste, Padre Justo, -sigue diciendo hoy Jesús- esté en ellos, y yo también esté en ellos" (Jn 17, 26b).


P. Ricardo

 
 

CRISTO VIVE ¡Aleluia!
Nº 142 | Mayo - Junio 2004


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