Ellos nos dijeron que debíamos hacer una balsa con todas
las cruces y cruzarlo todos juntos. Algunos no querían aceptar
la propuesta, decían que nos íbamos a hundir; otros querían
buscar un paso más estrecho, bordeando el río.Pero nuestros
pastores nos dijeron que ya conocían el lugar y que éste era
el mejor paso.
Otros hermanos decían que no tenían su cruz, porque la habían
dejado por el camino y tenían que regresar a buscarla. También
nos dimos cuenta de que faltaban otros hermanos y nos organizamos
en grupos para encontrarlos durante el día.
Del otro lado del río, a lo lejos, se podían ver las montañas
llenas de pinos altos y verdes. Parecía un lugar hermoso,
distinto del que estábamos.
Estaba atardeciendo y yo me encontraba sentado a la orilla
del río, observando lo que pasaba a mi alrededor y a mi comunidad.
Algunos ya comenzaban a construir la balsa, otros estaban
acostados, como abatidos. Entre todos ellos pude distinguir
a Jesús que estaba asistiendo a los hermanos más cansados;
también curaba a los heridos.
En un momento lo vi cebando mate. Cuando se acercó a mí para
darme uno le pregunté: Señor, ¿vas a venir con nosotros en
la balsa? Él me respondió: Necesito su decisión.
Ahí terminó mi sueño. Me desperté en presencia de Dios orando
por mi comunidad. Al día siguiente con todo esto en el corazón
abrí el Evangelio y el Señor me decía en la palabra "el que
no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo"
(Lc 14, 25-33).
Me quedé con la certeza de que nuestra cruz personal se hace
camino de salvación para la comunidad. Tenemos que decidirnos
a seguir a Jesús porque está con nosotros y nos alcanza su
gracia.