Usted está en Página inicial | Revista Cristo Vive ¡Aleluia! nº 133 | Ecos del Cursillo
 
Buscar números anteriores | Ir al final

Testimonios que reflejan el paso de Dios en la vida de los hermanos, y alimentan y fortalecen la vida de la Fe.
     
   

Cuando entré a la Convivencia dejé en las manos del Señor todos mis afectos.

Los días fueron pasando y yo seguía las propuestas con decisión, pero me costaba mucho estar en "sintonía" con el Señor. Es más, la tentación empezó a jugar conmigo, susurrándome que mi corazón no estaba preparado para ese retiro. Se estaban anunciando aspectos que había esperado caminar y veía que las cosas pasaban por la cabeza pero no iban a lo profundo, a la raíz del corazón.

En la confesión, el sacerdote me invitaba a dar un paso de madurez. Recuerdo que me dijo: "Quizás es tiempo de que no te llames Anita, sino que pases a ser Ana". No me gustó lo que me dijo, porque sentía que estaba perdiendo la identidad que me gustaba, que me daba cariño y contención; identidad que, por supuesto, Dios no había pensado para mí.

En la Misa del cuarto día de lucha se nos propuso hacer la ofrenda con un gesto concreto. Yo pensé: "estoy cansada de entregarle lo mismo al Señor ... si ya le entregué todo ..." Entonces, en ese momento, empecé a orar para ver la entrega con una nueva mirada. A medida que lo hacía, mi corazón iba latiendo más fuerte. Sentía que Dios me pedía que le entregara algo que yo no lograba ver con claridad, hasta que entendí que era a mi mamá.

Empecé a llorar porque me di cuenta que estaba enojada con Dios por haberse llevado a mi mamá hacía un año y medio. Toda una resistencia se apoderó de mí. A medida que me iba acercando al altar, mi corazón se salía de mi cuerpo. Cuando llegué a la mesa del Señor y tomé la hostia sentí un cosquilleo desde los dedos hasta el corazón y tímidamente dije: "Te ofrezco a mi mamá".

Durante la consagración sentía verdaderamente que así como el pan y el vino pasaban a ser Cuerpo y Sangre de Jesús, mi entrega se convertía en gloria para Dios... estaba cortando el cordón umbilical que aún me unía a mi mamá fallecida... y entendí el misterio de la cruz...

Este fue mi paso de madurez, el paso de la entrega del dolor más grande, el paso del sentir al querer, el paso de Anita a Ana, como me proponía el P. Daniel.

Ana
Bahía Blanca

CRISTO VIVE ¡Aleluia!
Nº 133 | Julio - Agosto 2002 | Pág. 31


Ir al principio

© 2002 - Editorial de la Palabra de Dios | Todos los derechos Reservados