 |
Cuando entré a la Convivencia
dejé en las manos del Señor todos mis
afectos.
|
Los días fueron pasando y yo seguía
las propuestas con decisión, pero me costaba mucho
estar en "sintonía" con el Señor.
Es más, la tentación empezó a jugar conmigo,
susurrándome que mi corazón no estaba preparado
para ese retiro. Se estaban anunciando aspectos que había
esperado caminar y veía que las cosas pasaban por la
cabeza pero no iban a lo profundo, a la raíz del corazón.
En la confesión, el sacerdote me invitaba
a dar un paso de madurez. Recuerdo que me dijo: "Quizás
es tiempo de que no te llames Anita, sino que pases a ser
Ana". No me gustó lo que me dijo, porque sentía
que estaba perdiendo la identidad que me gustaba, que me daba
cariño y contención; identidad que, por supuesto,
Dios no había pensado para mí.
En la Misa del cuarto día de lucha
se nos propuso hacer la ofrenda con un gesto concreto. Yo
pensé: "estoy cansada de entregarle lo mismo al
Señor ... si ya le entregué todo ..." Entonces,
en ese momento, empecé a orar para ver la entrega con
una nueva mirada. A medida que lo hacía, mi corazón
iba latiendo más fuerte. Sentía que Dios me
pedía que le entregara algo que yo no lograba ver con
claridad, hasta que entendí que era a mi mamá.
Empecé
a llorar porque me di cuenta que estaba enojada con Dios por
haberse llevado a mi mamá hacía un año
y medio. Toda una resistencia se apoderó de mí.
A medida que me iba acercando al altar, mi corazón
se salía de mi cuerpo. Cuando llegué a la mesa
del Señor y tomé la hostia sentí un cosquilleo
desde los dedos hasta el corazón y tímidamente
dije: "Te ofrezco a mi mamá".
Durante la consagración sentía verdaderamente
que así como el pan y el vino pasaban a ser Cuerpo
y Sangre de Jesús, mi entrega se convertía en
gloria para Dios... estaba cortando el cordón umbilical
que aún me unía a mi mamá fallecida...
y entendí el misterio de la cruz...
Este fue mi paso de madurez, el paso de la entrega del dolor
más grande, el paso del sentir al querer, el paso de
Anita a Ana, como me proponía el P. Daniel.
Ana
Bahía Blanca
CRISTO
VIVE ¡Aleluia!
Nº 133 | Julio - Agosto 2002 | Pág. 31
|