Ser dócil es confiar más en El que en uno
mismo, más en sus fuerzas que en las nuestras. Ser dócil como
María, que se dejó anonadar a sí misma porque descubrió que
la grandeza y el secreto era abrazar la gloria que habitaba
en ella.
Ser dócil es seguir el camino, no imponerlo.
Es seguir las huellas, no borrarlas.
La docilidad tiene en su intimidad la blandura
de corazón. Es dócil quien deja que Dios lo amase, lo modele,
lo talle, lo pode. Es dócil quien se calla para escuchar el
eco de la Palabra en su interior.
¿Qué es ser dócil en la vida misma? Es dejarse
abrazar en los desiertos, moldear en las pruebas, convertir
en las correcciones, amar en las fragilidades.
Ser dócil es dejarse honda y verdaderamente
amar por Dios.
María Luján Avit
Neuquén
CRISTO VIVE ¡Aleluia!
Nº 132 | Mayo - Junio 2002 | Pág. 29
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